Lucrecio: héroe oculto de la Filosofía
Tito Lucrecio Caro es el gran héroe oculto de la filosofía: de su vida no sabemos casi nada y su poema De rerum natura durmió más de diez siglos, hasta que Poggio Bracciolini lo rescató de un monasterio alemán en 1417. Con motivo de la nueva traducción en verso de Luis T. Bonmatí y Ángel L. Prieto de Paula para Reino de Cordelia, este ensayo reivindica al poeta romano que puso el epicureísmo en el origen de la Modernidad.

En la mitología griega, Hefesto, el dios de la metalurgia y del fuego, es una divinidad singular y relegada a un segundo plano. Su fealdad y su cojera hacen de él un dios incómodo, incluso para Hera, su madre, quien se avergüenza de él. Sin embargo, tras esta apariencia desaliñada y deforme, se esconde el forjador de la invencible armadura de Aquiles y de tantos otros prodigios técnicos que adornan el Olimpo. Hefesto, Vulcano para los romanos, es un dios-víctima, una suerte de héroe que se oculta bajo una doble máscara: divina y monstruosa.

La fragua de Vulcano, Diego Velázquez (1630). Museo Nacional del Prado, Madrid.
El pasado custodia a héroes ocultos de los que poco o nada sabemos, ni siquiera la magnitud de la deuda contraída con ellos. Si hay algo bueno en este mundo nuestro, se debe sin duda al esfuerzo silencioso de estas biografías aparentemente inanes. Pensemos, por ejemplo, en los casos de Van Gogh o El Greco, pintores tan geniales como incomprendidos en su época, o en Kafka, quien alcanzó a publicar en vida solo un puñado de relatos sin éxito comercial alguno. La historia de la filosofía también conoce el fenómeno del héroe oculto: ahí tenemos a Spinoza, un autor marginado cuya relectura posterior desveló a un pensador profundo y original.
Por lo que a mí respecta, si tuviera que señalar al filósofo «heféstico» por antonomasia, este sería Lucrecio. El vate romano es autor de un largo poema dedicado a la exposición de la filosofía epicúrea y bautizado con el nombre De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas o, simplemente, Sobre la naturaleza). Una magnífica epopeya filosófica que acaba de reeditarse en verso de la mano de Luis T. Bonmatí y Ángel L. Prieto de Paula para «Reino de Cordelia».
La vida de Tito Lucrecio Caro es para nosotros un enigma, agravado por el hecho de que él no nos dice nada de sí mismo. Los historiadores de la filosofía han especulado sobre algunos aspectos de su vida, como su posible pertenencia a una familia aristocrática, pero hoy por hoy no conocemos su procedencia ni tenemos constancia de hechos relevantes de su biografía, si exceptuamos esta composición única. Un texto del gramático Donato nos informa de que murió durante el segundo consulado de Pompeyo y Craso (55 a. C.), pero el dato tampoco es seguro. Sólo conocemos su amistad con Gayo Memmio, que ocupó los cargos de tribuno de la plebe y de gobernador de Bitinia (cc. 57 – 56 a.C.), por ser la persona a quien dedica el poema.
Hay quien ha explicado esta penuria de informaciones sobre la biografía de Lucrecio por su militancia epicúrea. El fundador de esta escuela, Epicuro de Samos, aconsejaba evitar toda participación en los asuntos públicos y retirarse en pequeñas comunidades de amistad. Su lema era «lathe biosas», que en griego significa «vive ocultamente». Ahora bien, la mera adscripción filosófica no nos ha impedido conocer datos suficientes de otros romanos epicúreos, como Lucio Calpurnio Pisón, quien fue cónsul además de suegro de Julio César, o Filodemo de Gádara, filósofo protegido por Pisón. El mejor amigo de Cicerón, Tito Pomponio Ático, tampoco es un desconocido para nosotros, a pesar de ser un epicúreo de estricta observancia. El caso de Lucrecio es extraordinariamente singular, porque de él tampoco conservamos testimonios de sus contemporáneos.
Bien es cierto que el epicureísmo no caló en Roma de la misma manera que lo hizo el estoicismo. Después de Gayo Amafinio (s. II a.C.) y de Cacio y Rabirio, promotores de la escuela en aquella tierra, sólo Cicerón se refiere a la filosofía del Jardín, y lo hace de manera despectiva. El grupo de Nápoles, un cenáculo formado en torno a la figura del ya mencionado Filodemo de Gádara, completa la presencia del epicureísmo en el ambiente romano del siglo de Lucrecio, quien no parece haber tenido contacto con él.
Los únicos testimonios que hemos conservado sobre su obra los hallamos en poetas de la siguiente generación, como Ovidio o Propercio, o del siglo I de nuestra era, entre los que destaca Estacio. Veleyo Patérculo, Plinio el Joven y Aulo Gelio ofrecen escasas referencias a este largo poema. En la literatura cristiana escrita en latín sí las encontramos, aunque aquí la reacción fue de rechazo frontal. Este hecho no debe sorprendernos, pues ni Lactancio ni Tertuliano, autores que conocían muy bien la filosofía pagana, podían aceptar el atomismo azaroso y la moral hedonista de Epicuro.
Un desconcertante silencio envolvió el trabajo de Lucrecio durante más de diez siglos. Pero, como dice el Voland de El maestro y Margarita de Bulgákov, «los manuscritos no arden». En 1417, Poggio Bracciolini halló una copia del texto en un monasterio alemán. El descubrimiento, insinuante y disruptivo, ha sido magistralmente narrado por Stephen Greenblatt en su obra El giro, publicada en 2011. A partir de ese instante, se produce un renacimiento de los postulados epicúreos en la filosofía y en la ciencia europeas. La obra de Montaigne, Giordano Bruno, Galileo, d’Holbach, Kepler o Bacon no podría explicarse sin el estímulo de la física y la ética epicúreas. Bien podemos calificar el redescubrimiento del poema lucreciano como una auténtica sorpresa «heféstica»: un texto olvidado, despreciado por la tradición cristiana, resurge con fuerza para dar vida a las ideas más características de la Modernidad.

De rerum natura, manuscrito copiado por Girolamo di Matteo de Tauris para el papa Sixto IV (1483). Biblioteca Apostólica Vaticana.
Al igual que las obras de Empédocles o de Arato de Solos, en las que Lucrecio se inspiró, Sobre la naturaleza está escrito en hexámetros dactílicos. Consta de seis libros en los que se expone con enorme detalle el sistema filosófico epicúreo. Se inicia con un himno a Venus, a quien el autor invoca para que acuda en auxilio de la humanidad. Se trata de una solicitud enigmática, si se tiene en cuenta que todo el poema trata de presentar el epicureísmo como el auténtico antídoto contra la superstición:
Cuando el género humano se arrastraba
en la tierra, oprimido por el peso
de la superchería religiosa,
que amedrentaba con horrible mueca
desde el cielo a los hombres, hubo un griego,
Epicuro, el primero en levantar
su mirada mortal a las alturas
y entrar en lucha contra la religión (I, 62-67)
¿Cómo explicar esta aparente contradicción entre el deseo de arrumbar la religión y la invocación a una diosa? Algunos estudiosos de Lucrecio se han referido a la influencia de Empédocles, pero también podría ser una licencia poética del autor o una apelación sincera de un filósofo que considera que sólo determinadas concepciones de la religión serían contrarias al sistema epicúreo. A fin de cuentas, ni siquiera el fundador de la escuela se había atrevido a expulsar definitivamente a los dioses del Jardín.
Los libros I y II tratan sobre la naturaleza del átomo; el III y el IV sobre el ser humano, el alma y el conocimiento; por último, los libros V y VI analizan los fenómenos del universo. Algo ocurrió mientras Lucrecio componía el sexto libro, pues este concluye de forma sombría con la narración de la peste del 430 a.C. en Atenas. No sabemos la causa de este súbito final. Quizá tenga que ver con la prematura muerte de su autor, quien podría haber padecido cierto tipo de locura que le habría llevado al suicidio.
La traducción de Bonmatí y Prieto de Paula recupera un texto clásico de fenomenal e indiscutible importancia. Y he de decir que me ha sorprendido positivamente esta versión al castellano en endecasílabos blancos -como aquella que realizara el abate Marchena en el siglo XVIII- por la fluidez de su lectura y la belleza de su composición. El trabajo se suma a un elenco de traducciones excelentes, como las de Valentí Fiol, Castillo Bejarano o la más lírica y original de Agustín García Calvo. Todo un lujo para el lector en español, que cuenta desde este momento con una vía más de acceso a los versos de este héroe oculto de la historia de la filosofía.

De la naturaleza / De rerum natura. Edición bilingüe con traducción en verso de Luis T. Bonmatí y Ángel L. Prieto de Paula. Reino de Cordelia.
– Lucrecio: héroe oculto de la Filosofía – – Alejandra de Argos –






