Schopenhauer y el Romanticismo
La exposición Schopenhauer y el Romanticismo. El camino conduce hacia el interior, en la ciudad de Fráncfort, esclareció cómo la filosofía del autor explica el presente del siglo XXI.

Retrato del joven filósofo hecho hacia 1815 por Ludwig Sigismund Ruhl, una de las piezas centrales de la exposición.
La ciudad de Fráncfort acogió, en el Museo del Romanticismo Alemán, una de las exposiciones más singulares dedicadas al filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860): Schopenhauer y el Romanticismo. El camino conduce hacia el interior. La originalidad de esta muestra residía en que ponía el foco de atención en sus años de juventud, en pleno auge del movimiento más característico de la Alemania del siglo XIX. Una de las piezas centrales fue el célebre retrato que Ludwig Sigismund Ruhl hizo hacia 1815 del joven filósofo, que desvía nuestra atención, por un momento, de la imagen del filósofo anciano del pesimismo, negacionista de todo progreso histórico, de carácter huraño y algo cascarrabias.
Este museo, vecino de la Casa de Goethe, está dedicado íntegramente a esta corriente alemana que transformó la cultura europea al reivindicar las emociones, la imaginación y la subjetividad como dimensiones esenciales de nuestra existencia humana. Por tanto, el joven Schopenhauer construyó su pensamiento en una época de reacción frente a la convicción ilustrada de que la razón era la principal vía para comprender al ser humano y el mundo.

El Deutsches Romantik-Museum, en Fráncfort del Meno, vecino de la Casa de Goethe. Foto: Grimes2 (CC0).
Lo que hacía especialmente interesante esta exposición es que se centraba en el boyante ambiente intelectual y artístico del Romanticismo que forjó su obra cumbre, El mundo como voluntad y representación (1819). Para entender esta etapa, el museo recopiló manuscritos, objetos, pinturas y primeras ediciones que nos acercan a los intereses que Schopenhauer compartía con los románticos en esa primera etapa, como la curiosidad por la filosofía de la naturaleza, por la música, la literatura de Novalis y de los hermanos Schlegel, la poesía india o el mundo interior. Pero sobre todo evidenciaba el encuentro que tuvo con las sabidurías orientales, concretamente con los textos de la filosofía india, los Upanishads, de los que Schopenhauer consideró que «se trata de la lectura más gratificante y conmovedora que uno pueda hacer en este mundo; ha sido el consuelo de mi vida y lo será de mi muerte». Un siglo después, el escritor alemán Thomas Mann, lector de Schopenhauer desde su juventud, con su novela Los Buddenbrook (1901) escribió que gracias a Schopenhauer había aprendido a contemplar la vida y la muerte con un sentido nuevo. El escritor quedó seducido por la idea de la certeza de que los hombres, después de su ficticia vida en el tiempo, habrían de estar unidos entre sí, aunque la muerte destruya la individualidad. Pues la esencia del hombre quedaría intacta.

La escalera del Deutsches Romantik-Museum, llamada Himmelsleiter, escalera al cielo. Foto: Gerda Arendt (CC BY-SA 4.0).
El pensamiento de Schopenhauer resulta esclarecedor para comprender algunos de los problemas del siglo XXI. Por ejemplo, su idea de la voluntad como un impulso ciego e incesante, incapaz de alcanzar una satisfacción plena porque nunca deja de desear, sitúa al ser humano en una oscilación constante entre el sufrimiento que provoca no alcanzar lo deseado y el tedio que se produce al conseguirlo. Apenas alcanzamos un objetivo, la voluntad vuelve a ponerse en funcionamiento generando un nuevo deseo y una nueva necesidad. Este ciclo parece reflejarse como en un espejo en la sociedad actual de consumo, de redes sociales y búsqueda de validación, de hiperconectividad, de anhelo permanente de satisfacción, que en raras ocasiones conduce a una felicidad plena o duradera. Cada logro que obtenemos proporciona una satisfacción efímera que enseguida necesita un nuevo estímulo. Esta ansiedad contemporánea de deseo infinito encuentra un antecedente filosófico en el pensador alemán.
La voluntad que nunca descansa
Pero frente a esta voluntad que nunca descansa, Schopenhauer encuentra en el arte uno de los pocos momentos de auténtica libertad y de salvación que podemos tener, en el que nos convertimos en «puro sujeto del conocer». Pues durante la experiencia estética, el ser humano dejaría por un momento de estar dominado por los deseos, por los temores y las necesidades que nos son propias, suspendiendo temporalmente la voluntad, y con ello el sufrimiento que constituye el fondo de la existencia. En este instante de serenidad es donde podemos contemplar las Ideas eternas sin el peso de los intereses individuales.

Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes, h. 1818. Óleo sobre lienzo, 94,8 × 74,8 cm. Hamburger Kunsthalle.
Arthur Schopenhauer se estableció definitivamente en la ciudad de Fráncfort en 1833, donde residió hasta su muerte en 1860 y donde acabaría siendo conocido con el nombre de «Buda de Fráncfort». Allí paseaba a diario por la orilla del río Meno, leía la prensa inglesa y tocaba la flauta. Pero antes de instalarse en Fráncfort, Schopenhauer había llevado una vida cosmopolita. A diferencia de otros filósofos, como Immanuel Kant, que nunca salió de Königsberg, recorrió en su juventud con su padre gran parte de Europa, ampliando así su educación. Llegó a dominar varias lenguas. Cuando su padre murió en Hamburgo en 1805 cayéndose desde lo alto de un granero, aunque siempre hubo la sospecha del suicidio, su madre y su hija Adele se mudaron a Weimar. En Weimar frecuentó el círculo literario de su madre, la escritora Johanna Schopenhauer, donde conoció a Goethe. Pero la relación con su madre se fue complicando y rompiendo definitivamente. Con el autor de Fausto, su inicial entendimiento intelectual fue dando paso al distanciamiento. Solo muchos años después, cuando ya vivía retirado en Fráncfort, su filosofía comenzó a recibir el reconocimiento que le había sido negado durante décadas.

Gerhard von Kügelgen, retrato de Johanna Schopenhauer, madre del filósofo y anfitriona del círculo literario de Weimar.

Joseph Karl Stieler, Johann Wolfgang von Goethe, 1828. Neue Pinakothek, Múnich.
Por tanto, la exposición nos permitió comprender ese origen romántico y entender por qué, dos siglos después, la filosofía de Schopenhauer sigue dialogando con algunas de las inquietudes del presente.

Arthur Schopenhauer retratado en 1852, ya instalado en Fráncfort, donde se le acabaría conociendo como el Buda de Fráncfort. Daguerrotipo de Jacob Seib.
Schopenhauer y el Romanticismo. El camino conduce hacia el interior
Deutsches Romantik-Museum. Fráncfort del Meno
Del 12 de junio al 13 de septiembre de 2026
– Schopenhauer y el Romanticismo – – Alejandra de Argos –






