El eterno retorno de Nietzsche a la Grecia antigua
El 31 Congreso Internacional de la Friedrich Nietzsche Society revisará la influencia decisiva de la filosofía, la tragedia y la cultura griegas en el pensamiento del filósofo alemán y la vigencia de su legado.

Retrato de Friedrich Nietzsche, Naumburg, septiembre de 1882. Fotografía de Gustav Adolf Schultze.
Nietzsche y el pensamiento griego es una de las citas más esperadas para todos aquellos interesados por la filosofía griega y por la influencia que ejerció en el pensamiento del filósofo alemán. Este «eterno retorno» a la Grecia Antigua pone de manifiesto que lo clásico siempre está de actualidad, porque no pierde ejemplaridad.
La prestigiosa Panteion University de Atenas celebrará su 31 Congreso Internacional de la Friedrich Nietzsche Society del 8 al 11 de octubre. Este encuentro evidencia por qué seguimos necesitando volver a Grecia para comprender a Nietzsche y también el porqué de la vigencia de su legado. A través de conferencias y debates los especialistas analizarán cómo la filosofía, la tragedia y la cultura de la antigua Grecia inspiraron el pensamiento de Nietzsche, así como algunas de sus ideas más influyentes, como la oposición entre lo apolíneo y lo dionisíaco, concepto clave en el arte que remite a las divinidades de Apolo y Dionisio y que bajo mi punto de vista, es uno de los más fascinantes.
Este concepto cambió radicalmente la visión clasicista de la cultura griega defendida por Winckelmann y Goethe, o la del romántico Friedrich Schlegel, que la consideraban como la armonía, la belleza y el equilibrio propios de un arte apolíneo, como la escultura. Para Nietzsche el arte apolíneo con su apariencia perfecta de la belleza es lo opuesto de la profundidad insondable de lo dionisíaco, la música que es, según él, la otra parte esencial del arte y de la cultura griegas. Ambas son necesarias y complementarias.

El Apolo de Belvedere, copia romana de un original griego. Museo Pío-Clementino, Museos Vaticanos. Foto: Alvesgaspar (CC BY-SA 4.0).

Dioniso, escultura romana en mármol. Museo del Louvre, París. Foto: Jastrow.
Nietzsche, además de filósofo, fue músico, poeta y filólogo clásico. En su primer libro, El nacimiento de la tragedia, Nietzsche afirmaba que el arte no es un mero accesorio de diversión en la «seriedad de la existencia», sino que el arte, la creación, es la tarea suprema y la actividad propiamente humana. Es decir, no hay arte sin pasión, sin la embriaguez que pone en funcionamiento la máquina entera de la creación artística. Por tanto, la unión de estos dos instintos, que el filósofo imagina como el sueño y la embriaguez siempre en lucha pero imprescindibles el uno para el otro, define lo que fue para los griegos la cultura y la tragedia griega: «la seriedad les resultaba demasiado conocida como dolor, y ellos sabían que sólo mediante el arte la misma miseria podía convertirse en goce». Así, la bella apariencia estética de lo apolíneo y la desmesura de lo dionisíaco definen cómo el arte en todos sus ámbitos, sirvió a los griegos para sobreponerse a todos los aspectos terribles y trágicos de su existencia.

Teatro de Epidauro, en el santuario de Asclepio, siglo IV a. C. Foto: Julien Seguinot (CC BY-SA 2.0).
Y estos aspectos más difíciles de toda existencia terminaron actualizándose en la propia vida de Nietzsche, pues muestra que no solo explicó filosóficamente la tragedia griega sino que la vivió, a su manera, sublimándola a través de la creación artística. Lo que no te mata te hace más fuerte, era su pensamiento. Y también que el dolor es inseparable de la existencia y que el arte permite transformarlo, como si de un alquimista se tratase, en una afirmación de la vida: «Quien ha sufrido profundamente, tiene una soberbia y un hastío intelectuales, y se siente impregnado y como coloreado por una estremecedora certeza: la de que, debido a su sufrimiento, sabe más de lo que pueden saber los más inteligentes y eruditos; la de estar familiarizado con muchos mundos lejanos y terribles en los que ha ‘habitado’, y que nadie más conoce».

Edvard Munch, Friedrich Nietzsche, 1906. Óleo sobre lienzo. Thielska Galleriet, Estocolmo.
Una amistad intelectual
Uno de los amigos íntimos de Nietzsche fue el filósofo Paul Rée, con el que discrepaba en casi todas sus posturas pero que fue el motor que impulsó su libro La genealogía de la moral, como reacción o rebatimiento a las ideas expuestas por Rée. Esta amistad entre Nietzsche y Paul Rée comenzó en Basilea en 1873, cuando un amigo en común los presentó. Nietzsche en ese momento era profesor en la Universidad de Basilea y Rée estaba haciendo un doctorado en filosofía. Los dos habían prestado servicio en la guerra franco-prusiana de 1870. Nietzsche volvió de ella con difteria y disentería y muy probablemente con la sífilis que le acabó llevando a la locura los últimos once años de su vida. La salud siempre frágil que le acompañó toda su vida propició que buscara climas, que de alguna manera, calmaran o aliviaran sus dolores de cabeza, el insomnio o las náuseas que padeció para poder seguir escribiendo. Según las estaciones del año pasó temporadas en los Alpes suizos, en Sils Maria, en Rapallo, Génova, Niza o Turín, donde colapsó mentalmente en 1889 y ya no se recuperaría.

La Nietzsche-Haus de Sils Maria, en el Engadina suizo, donde el filósofo pasó siete veranos. Foto: Paebi (CC BY-SA 4.0).
Pero también sufrió las consecuencias trágicas del amor, que acabó quebrando su amistad con Rée cuando ambos se enamoraron de la brillante filósofa rusa Lou Andreas-Salomé. Los tres crearon un triángulo intelectual, una especie de comunidad de diálogo filosófico que fue imposible de mantener cuando los sentimientos y las tensiones amorosas por parte de Rée y Nietzsche no fueron correspondidas por Lou. La oposición de la hermana de Nietzsche, Elisabeth Förster-Nietzsche, tampoco ayudó y terminó agravando aquella ruptura. La también escritora Lou, rechazó las propuestas de matrimonio de Nietzsche al igual que las de Rée.
De aquel breve e intenso periodo se conserva la icónica fotografía tomada en Lucerna, en la que Lou aparece sobre un pequeño carro mientras Nietzsche y Rée tiran de él, una escena que acabó convirtiéndose en símbolo de aquella singular relación. Años después, Elisabeth manipularía parte del legado de su hermano y contribuiría a difundir una imagen distorsionada de Nietzsche, favoreciendo una lectura nacionalista de su pensamiento que más tarde sería utilizada por el nazismo, pese a que su pensamiento fue profundamente contrario al antisemitismo.

Lou Salomé, Paul Rée y Friedrich Nietzsche, Lucerna, mayo de 1882. Fotografía de Jules Bonnet, con la escena dispuesta por el propio Nietzsche.
31 Congreso Internacional de la Friedrich Nietzsche Society
Nietzsche y el pensamiento griego
Panteion University, Atenas
Del 8 al 11 de octubre de 2026
– El eterno retorno de Nietzsche a la Grecia antigua – – Alejandra de Argos –






