Siete maneras de arder por Alejandra Cortina

Epicuro y el joven Marx

Escrito por Iker Martínez Fernández
Publicado: 7 Julio 2026

El joven Karl Marx dedicó su tesis doctoral a Epicuro y a su teoría del clinamen, la mínima desviación de los átomos al caer en el vacío. Con motivo de la reedición de aquella obra por Biblioteca Nueva, este ensayo recorre por qué un pensador griego del siglo III a. C. iluminó al futuro autor de El Capital y qué nos siguen diciendo los clásicos cuando salta la chispa.

Sobre la reedición de la tesis de Marx, Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro

Busto de Epicuro, copia romana en mármol

 

El escritor italiano Italo Calvino definía los clásicos como aquellos libros que nunca terminan de decir lo que tienen que decir. Quizá por ello también son libros que no siempre dicen algo. En ocasiones nos muestran eso que siempre habíamos intuido, y otras veces no nos dicen absolutamente nada. El clásico, concluye Calvino, es capaz de establecer una relación personal con el lector, pero «si no salta la chispa, no hay nada que hacer». Gilles Deleuze expresaba algo parecido de la Filosofía cuando decía que los conceptos son como las lentes que permiten observar la realidad, y las teorías, cajas de herramientas. Si una herramienta no es útil para aquello que queremos fabricar, arreglar o componer, hay que dejarla y tomar otra.

Muchas veces me he preguntado qué vio en Epicuro el joven Karl Marx para dedicarle su tesis doctoral; aquel que posteriormente escribiría El Capital en una sala del Museo Británico mientras malvivía de los préstamos que su amigo Friedrich Engels le hacía, voluntariamente o no, a fondo perdido. No solo por el tiempo, más de dos mil años, que media entre el doctorando y el filósofo griego, sino por la distancia sideral entre los contextos social, político y económico que los separa.

 

Retrato del joven Karl Marx

El joven Karl Marx en sus años de estudiante (dibujo a carboncillo).

 

Podría ofrecerse una respuesta, meramente hipotética, acudiendo a Calvino o a Deleuze: Epicuro debió de mostrarle algo que siempre había intuido, pues, como ya nos enseñó Platón, solo buscamos lo que ya sabemos. Conocer es recordar, esto es, reconocer aquello que ya se había cruzado en nuestro camino. Asimismo, sospecho que Epicuro fue para Marx una herramienta que le permitió horadar en esas intuiciones escondidas.

Epicuro es, sin lugar a duda, una fuente inagotable de ese rico caudal de sabiduría inmortal que nos ha legado el pensamiento filosófico de Occidente. Dicho en palabras de Calvino: es un clásico de la Filosofía. Y lo es a pesar de que sus textos sufrieron amputaciones insoportables durante demasiado tiempo. Los filósofos antiguos se burlaron de él tratándolo como un payaso o un plagiador. ¿A quién se le ocurriría explicar el mundo como un batiburrillo formado por átomos y vacío? Antes de él solo Demócrito se había atrevido a hacerlo, pero el filósofo de Abdera, viajero atento y sofisticado, fue siempre considerado un sabio. El pensamiento de Epicuro, en cambio, fue tratado como un campo yermo en el que ni siquiera fructificaban las tesis copiadas de su más directo antecedente. Además, había que carecer de sutileza intelectual para concebir la formación de las cosas como consecuencia de una pequeña inclinación de los átomos en su caída vertical en el vacío. Y, sin embargo, es esta teoría la que puso en guardia al filósofo alemán.

Demócrito había postulado como causas de todo lo existente la combinación de tres elementos: átomos, vacío y movimiento. El movimiento primigenio de estas partículas indivisibles (a-tomo, en griego significa precisamente esto) resultaba caótico, como cuando observamos las partículas de polvo que flotan en el aire atravesado por un rayo de luz, pero su peso específico hacía que, tarde o temprano, cayeran vertiginosamente. Como la caída se producía de forma perpendicular en el vacío infinito, algunos filósofos se preguntaron inmediatamente cómo era entonces posible que los átomos acababan uniéndose para conformar las cosas que percibimos a través de los sentidos.

 

Demócrito de Diego Velázquez

Demócrito, Diego Velázquez (hacia 1628-1629). Museo de Bellas Artes de Ruan, Francia.

 

Epicuro trató de paliar esta deficiencia introduciendo un ingenioso matiz: en su caída los átomos sufrían una leve declinación, la mínima imaginable, que producía el choque de unos con otros. En esta colisión algunos átomos se asociaban y otros se repelían. Es lo que se conoce como la teoría del clinamen.

Honestamente he de decir que, como explicación del mundo, la teoría del clinamen es bastante deficiente, pues Epicuro no aclaró de dónde procedía esa inclinación producida en el vacío. Sin embargo, al joven Marx no se le escapó que la repulsión generada como consecuencia de este imperceptible cambio de dirección resultaba ser una brillante intuición para explicar la dialéctica entre los seres humanos. Por eso, en Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro, que es el título de su tesis doctoral, Marx señala algunas formas de armonización y repulsión utilizadas por Epicuro, como el pacto en el plano político o la amistad en el plano social.

Es fácil adivinar los motivos por los que el futuro padre del materialismo histórico vio en esta teoría epicúrea una poderosa fuente de inspiración. Uno de ellos es el indudable materialismo que la envuelve, pero no solo. La idea de las colisiones entre átomos en eterna pugna debió de ser iluminadora en los esquemas mentales de quien posteriormente declararía que el conflicto es el motor de la historia.

Biblioteca Nueva acaba de reeditar esta singular obra, traducida y presentada por Miguel Candel. En ella se ofrece una curiosa contraposición entre el materialismo de Demócrito y el de Epicuro. No es un trabajo académico, ni un texto procedente de la pluma de un filólogo que analiza con rigor erudito los textos del pasado, sino una genial aproximación a lo que podríamos denominar «una dialéctica de los átomos». En este breve ensayo encontramos claves interesantes para leer al Marx maduro. Sin embargo, en mi opinión, es una muestra sobresaliente del carácter poliédrico de los clásicos y del valor que poseen las ideas anacrónicas para pensar el presente.

Vivimos inevitablemente confinados en nuestra época, encadenados a ella como a su morada subterránea los inermes personajes del mito platónico de la caverna. Los clásicos son las herramientas que nos liberan de las ataduras y nos ayudan a escalar hasta la salida para iluminarnos con la auténtica alteridad. Afrontar su lectura es una experiencia fascinante. Por eso, la preservación y transmisión de los clásicos no solo es una obligación cultural, sino un deber moral. Se me dirá que, lejos de toda fascinación, los clásicos también pueden mostrarnos lo que de monstruoso y execrable alberga el ser humano. Es cierto, pero como ya saben los lectores de Epicuro o de Marx, dicha sensación es tan solo un efecto de la repulsión de nuestros átomos con los del texto que se muestra ante nuestros ojos.

Por eso, si la chispa no salta, si un clásico no te dice nada, si con una lente no puedes ver…

Portada del libro Diferencia de la filosofia de la naturaleza en Democrito y en Epicuro, de Karl Marx

 

 

– Epicuro y el joven Marx –                                – Alejandra de Argos –

 

Alejandra de Argos
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