Entrevista y transcripción de Antonio López
Algo consustancial al hombre desde tiempos ancestrales es el cuestionamiento de la realidad y su sentido, y la naturaleza y principios de las cosas. Antonio López observa esa realidad y nos ofrece su mirada impregnada de sustancias para provocarnos la emoción de la reflexión.
1- La obra del artista es su pensamiento, ¿Cuál es su busqueda?
¿En qué sentido el tiempo es fundamental en su obra?
2-Tras muchos años dedicadados a la creación artistica ¿ha descifrado algún enigma o a resuelto alguna duda? Y sino es así, ¿cómo se ha adaptado a vivir en ella, en la duda?
3-Sus ambientes más íntimos pueden producir sentimientos de tristeza, soledad, frialdad, melancolía… ¿Cree que el mundo es así o por qué lo representa de esta manera?
El envejecimiento, la pátina. ¿Hay que tenerlos en cuenta?
¿Qué significado tiene en su obra el uso de la luz?
4-Dijo que Picasso dominaba la realidad. ¿Usted domina la realidad o es ella la que le domina a usted?
5-Usted ha afirmado que el arte de Picasso huele a azufre, lo cual es un poco diabólico, ¿Por qué?
¿Su obsesion por la realidad no sera una forma de evitar caer en el abismo?
El abismo es salirse de la realidad. A través de su pintura construyendo la realidad armonizando arte y realidad que el arte se acerque a la realidad usted se salva del abismo. Los que la destruyen se lanzan al abismo y ahí encuentran la inspiración de un arte distinto.
6-¿Le interesa a usted del hombre sus huellas? ¿No es esta una vision espectral?
7-Da la impresion de querer borrar su presencia en las obras que pinta, por que esa ocultacion de su yo?
Reivindica lo cotidiano y lo común en el arte. ¿Huye de un arte rimbombante?
Usted es tambien escultor. En numerosas ocasiones ha afirmado su gran admiracion por la escultura. ¿Qué sentido le otorga a la escultura en relacion con la pintura?
Si pensamos que la naturaleza del arte es intrínseca del ser humano y aparece con la necesidad de expresarse. ¿Qué le gustaría que produjese su obra en el espectador?
Pasa de lo más íntimo a lo mas público como se corrobora en sus cuadros de interior o sus espacios urbanos. De Tomesollo a Madrid ¿Cómo recuerda esa transición?
¿Cuándo recuerda su infancia qué sentimientos le vienen a su cabeza?
Al igual que se produce un diálogo del espectador con la obra ¿Existe un diálogo entre el artista y su obra? ¿Y como y cuando se produce?
¿Qué cree que revelan sus cuadros a través de la representacion de una aseptica realidad?
¿La belleza la encuentra dentro o fuera?
¿Cómo definiría el carácter y la naturaleza de su pintura?
¿Qué piensa de la fotografía como arte?
Si, pero hay fotografia en blanco y negro y fotografia en color, como hay dibujo y pintura. ¿Qué diferencias ve usted entre estas técnicas?
Ha abandonado muchos cuadros porque lo que motivó el interés de pintarlo se desvaneció. ¿Por qué suele surgir ese desencanto?
Sus cuadros producen inquietud y misterio. ¿Con su arte nos redescubre la realidad cotidiana invisible?
¿Qué piensa usted de la destrucción de lo clasico por el arte contemporáneo?
¿Ha cambiado su mirada con el paso de los años, ¿en qué sentido?
Ha dicho que un cuadro nunca se termina ¿Por qué? ¿Nunca se termina el interés que le provoca las cosas?
¿Qué cree que está ofreciendo a la gente con su arte?
Hay una relación apasionada con el tema elegido. ¿Qué tipo de pasión o de placer le producen los lugares u objetos escogidos?
Haya o no haya presencia humana todos sus cuadros hablan de ella o de su huella .¿Qué nos dice el lugar, la arquitectura, las puertas, las ventanas, los umbrales del ser humano?
Ha vivido los cambios arquitectónicos de la ciudad de Madrid como gran observador de la realidad. ¿Ha ido a la par con esos cambios?. ¿Se reconoce, con la perspectiva que da una vida tan larga, en otras épocas de su vida?. ¿Ve reflejados esos cambios personales en su pintura? ¿De qué manera?
Entrevista a Antonio López
Elena: Bueno vamos allá. La obra del artista es su pensamiento. ¿Cuál es tu búsqueda?
Antonio: ¡Ay, madre mía! (Risas) ¡Qué manera de empezar! Espera, espera…
La obra del artista es su pensamiento, sí, es también su experiencia. Son muchas cosas. Se hace con la sustancia de su pensamiento, pero con todo lo que es su vida, todo lo que le ocurre: todo lo vuelcas ahí. Si va la cosa bien, como debe de ir, tiene que ser así.
¿Y qué es lo que buscas? ¿Qué es lo que buscamos los pintores? Yo creo que es algo que nace con el hombre. Desde que existe más o menos la historia del hombre, existe una forma de expresión que llamamos arte – puede ser la pintura, el lenguaje. Yo creo que nace todo a la vez: el movimiento, el baile, la música. ¿Por qué el hombre necesita esas formas de comunicarse? ¿Para qué? ¿Por qué los mirlos están toda la noche cantando? (Silencio)
¿Por qué están toda la noche cantando? Pues estaríamos mucho tiempo tratando de explicar eso, y es una cosa a lo mejor tan sencilla que no tiene explicación. El hombre es así, tiene esa capacidad, unos más que otros, pero a lo mejor ni siquiera eso. Yo a veces pienso que todos, en alguna medida, lo necesitan de una manera enorme: alguna forma de música, alguna forma de baile, porque es la manera de relacionarte con los demás.
Elena: ¿En qué sentido el tiempo es fundamental en tu obra?
Antonio: El tiempo, sí, es un término que se usa. Se habla mucho del tiempo cuando se habla de Vermeer, de Morandi, de cierto arte, también del arte antiguo, de Egipto. No se habla del tiempo en Goya, por ejemplo, ni en Rembrandt. Yo no hablaría del tiempo en ciertos pintores. Pero en el arte español, por ejemplo en Zurbarán, se habla del tiempo, en Sánchez Cotán, tmabién en Meléndez, en artistas que no son los más grandes, pero han captado, han atrapado algo a lo que llamamos tiempo.
¿Qué es el tiempo? ¿Qué energía es? Si es que a mí no me ha importado nunca la respuesta de todo eso, porque el vivirlo, el rodar en todo eso, el rozarte con todo eso, es de donde sale tu vida, tu trabajo. ¿Qué es? Es como decir, ¿qué es la vida? Pues no lo sé, a lo mejor un biólogo te lo explica mejor.
Elena: Pero ahora, en una época como la que vivimos, con una aceleración en nuestras vidas tan grande, tú parece que vas a paso lento en tu obra. En comparación con los artistas contemporáneos, que como tú decías es que se preparan..
Antonio: Sí, pero cada pintor tendrá su tiempo también.
Elena: Su ritmo.
Antonio: Su ritmo, sí. Yo pienso que no es solamente el que va más lento. A lo mejor el que va rápido, como van Gogh, no tiene más que ese tiempo. No tiene otro. Ese es con el que se vale, con el que tiene que manejarse.
El tiempo, pues sí que es verdad, es muy fascinador. La Gioconda, esa mujer que te mira desde la eternidad, que es como un agujero negro, hondo, hondo, que no llegas nunca. Te puede llegar a fascinar y también a aterrorizar. Yo tuve una reproducción más o menos al tamaño del cuadro en el estudio y la tuve que quitar, porque no podía con ella. No podía. Con van Gogh me pasa igual, por otro motivo. Son agujeros, son cosas tan sumamente intrincadas, oscuras y extremas que a mi me producen muchísimo susto.
Enrique Gran –siempre lo sacamos a Enrique Gran– tenía encima de la cama un retrato de esos “llameantes” de van Gogh, en tonos verdosos, también al tamaño del cuadro. Y yo le decía: “¿Pero cómo puedes dormir debajo de esa imagen?” (Risas) ¡Yo me había ido de la casa! No podía, no puedo, porque me asusta muchísimo.
Entonces, el tiempo tiene algo de sobrecojedor. Pero tampoco está en tu voluntad, en la de quien lo consiga o que pueda llegar a captarlo, si es desde un nivel intelectual o en el arte antiguo. Todo el arte antiguo tiene tiempo, todo el arte egipcio tiene tiempo. No es que uno tenga una personalidad más adecuada y todo eso. Pero el arte antiguo maneja unos elementos tan trascendentes que captan el tiempo. ¿En qué reside? Pues ahora, cuando ya todo eso se ha desarmado –ese armazón de cosas tan básicas de la vida– y te dejan sólo, unos lo sienten más que otros y lo pueden atrapar mejor que otros… Pues no lo sé.
Elena: Ahora que hablas de estos cuadros, te quiero preguntar por Picasso.
Antonio: Elena, si no te contesto… Porque yo a veces me voy por las ramas.
Elena: No te preocupes. Lo más importante es luego después de la entrevista: vas cogiendo de aquí, de allí y tal. No hay ningún problema.
Antonio: Tú a mí no me preocupas absolutamente nada, ¡porque tú puedes con todo! ¡Tú puedes hasta con La Gioconda! (Risas)
Estábamos una vez, Paco López y yo, hablando precisamente de La Gioconda. Decíamos: La Gioconda fascinaría a los personajes femeninos de Goya, pero no impresionaría nada a los personajes femeninos de Velázquez. O sea, a la Ipeñarrieta, a esas mujeres de Velázquez, La Gioconda no les impresionaría absolutamente nada. Sin embargo, la Porcel, la de Alba, con La Gioconda se quedarían absolutamente fascinadas como ante una serpiente que te ve a tragar.
Elena: Quería ir por dos sitios. Sé que eres un amante del arte antiguo, del arte de Pompeya y del arte egipcio. Como acabo de llegar ahora de Egipto, quería preguntarte: una parte del rito funerario de los egipcios consistía en llevarse lo que más apreciaban. ¿Pintar un cuadro se parece a eso?
Antonio: Yo pienso que no… Tendría que pensarlo un poco.
Elena: Cuando estábamos allí, claro, nos explicaban que todo lo que los egipcios representaban tenían que representarlo para llevárselo al más allá. Si no lo representaban, no se lo podían llevar y eran las escenas más cotidianas.
Antonio: El pintor yo creo que pinta un poco para la vida, no para la muerte.
Elena: Ahora, claro.
Antonio: Para mí.
Elena: Por ejemplo en el arte egipcio, y en el arte de Pompeya también.
Antonio: Ellos no sabían que se iban a quedar enterrados ahí. (Risas)
No, no, yo pienso que el arte de Roma, el arte de Pompeya es un arte muy de la vida. A lo mejor las pinturas no tienen la perfección que haya podido llegar a tener después la pintura en muchos casos, pero saben de la vida, aman la vida, la manejan y la expresan de una forma verdaderamente incomparable: el erotismo, el amor, la muerte, las cosas sagradas que tienen relación con la carne –no con la carne que nos comemos (Risas), con la otra–, lo han manejado maravillosamente bien. Ya eran muy perfectos los hombres allí. La religión no les dificultaba el paso. Los hombres de siglos anteriores sí estaban como prisioneros de la muerte, de la religión, de los dioses. Para el arte crearon un arte incomparable.
2° entrevistador: ¿Y lo de El Fayum? Esos retratos funerarios de Egipto… ¿Qué es lo que piensas de esos retratos?
Antonio: Tocan algo, algo que tiene relación con la vida y con la muerte. Se sitúan en ese límite, de una forma que nosotros entendemos muy bien, en una clave muy inteligible para nosotros, porque son muy modernos.
2° entrevistador: Es como conservar una pérdida, gente que de repente se moría y querías conservar de repente su vida.
Antonio: Yo no lo sé, no sé como lo veo. Yo pienso que los dioses y la muerte tenían mucha presencia en la vida cotidiana de las personas. Ahora los dioses y la muerte no tienen ninguna presencia. La muerte, porque enseguida la espantamos. Tiene que asaltarte de una forma muy brutal.
Elena: No queremos pensarla.
Antonio: Podemos permitirnos eso. Pero la muerte… Es que un hijo se iba por nada. La cercanía de la muerte yo la he vivido de niño, allí en Tomelloso. Había una especie de necesidad de protección, que te la daba la religión. No se hacía así, tan premeditadamente, pero era un poco así. Yo creo que nosotros nos hemos quedado solos, porque nos hemos vuelto muy autosuficientes.
Elena: La religión era un consuelo.
Antonio: Claro, era un consuelo. De lo contrario, no se hubiera podido aguantar la vida. Lo de El Fayum estas cosas no las hacían ellos para sí, las hacían para la sociedad. El hombre no acababa con la muerte, empezaba por ahí. Ahora los dioses se han ido muy lejos, pero la vida se alargado por un lado, muchísimo, pero no está muy seguro de que tenga prolongación. Esta otra gente parece que sí tenían la seguridad de que había una prolongación.
Elena: Esto cambia tu manera de vivir totalmente.
2° entrevistador: ¿Cuándo dejaste de creer en el más allá, si es que has dejado de hacerlo?
Antonio: No he dejado. Pienso que de otra manera. La religión ahora mismo no nos presiona. Ahora, el sentimiento religioso que tú puedas tener de natural –que se relaciona con las cosas trascendentes, con lo amoroso, con los dolores, también con los placeres– pienso que hay gente que a lo mejor lo tiene más desarrollado, o no. Cuando hay alguien, como amigos míos, que dicen que no creen en nada, a mí me hace mucha impresión, porque yo no es que crea, pero no puedo decir que no creo en nada. No lo puedo decir ni de broma. Y tampoco voy a creer que hay otra vida. Está ahí todo suspendido en una especie de enigma, que es el mundo, que es el misterio del mundo, y eso no nos lo ha arrebatado el tiempo. Seguimos estando ahí, en ese lugar enigmático en donde está la vida, está la muerte. Yo pienso, ¿cómo sería la muerte para mis abuelas, por ejemplo? Pienso que era muy diferente, bastante diferente. Igual no. Había personas que se volvían locas, o que no podían soportar la ausencia de una persona.
Yo lo que creo es que ahora todo se ha hecho mucho para el presente. Muchos de los esfuerzos se hacían para la otra vida, para otra cosa. Y todo ahora se hace, todo, los grandes inventos, para alargar la vida, que es lo más noble – que eso está muy bien. Pero también para disfrutar, para gastarla, para usarla. Hay una cosa un poco dispendiosa, peligrosa para el resto de los animales. El hombre va a acabar con todo, en esa especie de necesidad que quiere de todo. Va a acabar con el agua, como te descuides. Yo pienso que, entonces, el hombre era pequeñito: el sol, la luna, la muerte, la vida – todo esto eran los dioses. Y nosotros eso no lo vamos a conocer. Pero estamos conociendo lo que nos ha tocado.
Elena: ¡Estamos intentando conocerlo! (Risas)
Antonio: Me parece que nos hemos vuelto muy ansiosos. En la época de El Fayum, para toda esa gente –que los habría ansiosos–, había cosas muy superiores a ellos, que eran los dioses, que podían aparecer de una manera amenazante. Y no eran nada. Un rey no era nada ante eso. Y ahora vamos muy sobrados. El hombre se ha vuelto muy sobrado.
Elena: También antes era más cómodo, por lo menos había ahí una seguridad. Nosotros tenemos que buscar cada uno nuestro camino.
Antonio: No se pueden tener todas las seguridades, la espiritual y la material. Nosotros tenemos la material.
Elena: Por eso, ¿tú has resuelto alguno? ¿Has descifrado algún enigma o has resuelto alguna duda con tantos años?
Antonio: Yo estoy disfrutando mucho –no es una forma de hablar–, me siento muy afortunado de mi vida, tal y como se ha ido desarrollando.
Elena: Bueno eso es muchísimo.
Antonio: Sí, a mi me parece mucho. A pesar de todo, a pesar de que he necesitado ir a algún psiquiatra, a pesar de que me he apoyado mucho en los amigos en algunos momentos, a pesar de aguantar cosas, me siento muy afortunado. Yo pienso que es por todo lo que me ha dado el arte. No por el hecho de hacerlo, sino por la gente que estaba ahí y con la que yo he podido contactar. Para mí, es como un sitio bueno el arte.
Elena: Has sido muy rico en amigos por lo que dices.
Antonio: Hombre, hay gente que del arte busca la notoriedad, o busca el dinero, yo que sé. Hay malos sitios en el arte. Yo he buscado el conocimiento.
2° entrevistador: ¿Y la amistad?
Antonio: Las dos cosas.
Elena: ¿Conocimiento y amistad es lo que has buscado a través del arte?
Antonio: Yo no podía tener amistad con una persona que no supiera mucho, que no me deslumbrara. Pero yo veía a Lucio [Muñoz] y a mí me parecía que sabía muchísimo. Le oía hablar de Kafka y me decía: “¿Esto qué es Kafka?”. Oía a alguien hablar de Dostoievski, de este que mata a Nastasia Fillípovna –El idiota–, que le clava el puñal y dice “Ha salido una cucharadita de sangre”. Yo oía eso, a los quince años, y decía “yo quiero conocer todo eso”.
Elena: Entonces allí había ansiedad, esa ansiedad de la que que hablas.
Antonio: Hay malas ansiedades.
Elena: Pero tú tenías ansiedad de conocimiento, por lo que hablas.
Antonio: Ya, pero no te lleva a robar, no te lleva a hacer cosas innobles. Pienso que es una buena forma de ansiedad.
Elena: Por eso, por eso. La ansiedad puede ser buena.
Antonio: La ansiedad del cielo esa es ya más peliaguda. Esos que quieren morirse para disfrutar de Dios. No tengas tanta prisa (Risas). El «muero porque no muero», esa parte no me gusta, esa parte de la religión católica.
2° entrevistador: La palabra religo, que es latina, significa “atarse”, que es también bello.
Antonio: En los grandes, en Santa Teresa, todo es grande. Pero cuando dice eso, no me gusta que lo diga.
2° entrevistador: ¿Ah sí? Cuéntame eso.
Antonio: No me gusta que diga que “muero porque no muero”, eso no se dice: “que tan alta vida espero, que muero porque no muero”. ¡Pero bueno! ¡No tengas tanta prisa chica! (Risas) ¡Qué barbaridad! Ese desprecio por la vida que le ha dado Dios también me parece mal. Me parece que de ahí nace algo malo. Lo insano de la religión nuestra –yo no sé otras religiones– es que muchos dolores inútiles y muchas expectativas castradoras han venido de esa especie de promesa. ¿Pero eso qué es? No debe ser la cosa así. Es como decir, “pinta para ir a Venecia”. ¡Pues no pintes para ir a Venecia! (Risas) Si no vas a Venecia, te aguantas, hay otras cosas.
Entonces a mí eso me gusta, esa forma de hacerlo porque sí, porque es hermoso para ti. Notas que te va a mejorar. Vas sin decirlo con la mente, sin pensar “voy a ser mejor”. Vas como ante algo que te parece hermoso, como un jardín hermoso. Estás allí y te parece un sitio que, en relación a la vida, tiene mucho atractivo. Para mí tenía muchísimo atractivo y lo sigue teniendo.
Elena: Tus ambientes más íntimos pueden producir sentimientos de tristeza, soledad, frialdad, melancolía…
Antonio: Hablas de la pintura, ¿no?
Elena: Sí, de las íntimas. ¿Crees que el mundo es así o por qué lo representas de esta manera?
Antonio: Tú me preguntas cosas que no sabemos, hija. ¡Ya quisiéramos saberlo! (Risas) Hombre, hay gente que va con un guión. En el caso de compañeros míos, van con un guión: “pues yo quiero hacer una reflexión sobre la actualidad de los hombres con las mujeres”. Pues haces un trabajo sobre eso y a lo mejor puedes dedicarle un año o toda tu vida a eso. “O quiero hablar de la injusticia”.
Elena: Pero tú ya estás hablando, eso es lo que a mí me ha transmitido.
Antonio: Si hay algo que nos caracteriza en general al grupo este –hablando del grupo– es que no hemos llevado el guión preparado. No lo hemos llevado.
Elena: O lo estás transmitiendo ya.
Antonio: Claro, transmites cosas. Pero sabes que hay personas que van con brújula…
Elena: Puede ser que a lo mejor venga primero el pensamiento y luego lo transmitan, y en tu caso el pensamiento va directamente.
Antonio: Creo que nos ha guiado un impulso. Se puede decir eso.
Elena: Efectivamente, es más directo.
Antonio: De todas maneras, hay muchas cosas que hemos aprendido. Claro, somos tantas cosas, de los demás, de todo lo anterior, de cosas contemporáneas, que te han ayudado. Pero yo pienso que hemos confiado mucho –yo por lo menos– en algo instintivo. El instinto es un elemento que entra ahí, en este trabajo. Puede entrar una proporción mayor o una proporción menor. Yo pienso que en nosotros, en Mari [María Moreno] por ejemplo, entra mucho el instinto. El instinto y no el placer de hacerlo, sino algo… Es que es difícil.
Elena: Sí, pero entiendo lo que dices. Es algo más instintivo, más pulsional. Y ese es el lenguaje que tú ya estás transmitiendo. Lo estás transmitiendo con tu pintura. Y a mí me parece más artístico.
Antonio: Bueno, la otra parte se sabe que entra. La parte racional entra. Tú vas a Madrid a aprender, estás todo el tiempo programando las cosas. Y hay algo, al final, a la hora de trabajar, que dices “¡pero bueno, déjale un espacio a esa señora, o a ese señor, para el instinto! ¡Déjale un espacio!” Y yo he tratado de dejar el espacio mayor posible. Yo hubiera querido tener más instinto. Que se notara menos todo el andamiaje del aprendizaje, todo el andamiaje de la voluntad, de lo que es el pensamiento, y que se viera más lo que ves, por ejemplo en van Gogh y en esos pintores.
Elena: ¿Lo puro?
Antonio: Lo instintivo, cuando dices “esa persona no ha tenido opción”. Tú ves la pintura de van Gogh y dices “no tiene más que ese rostro”. No ha tenido opción. Pues le ha costado la vida ser así, qué le vamos a hacer. A mí esta cosa del destino en este trabajo me inspira muchísimo respeto, me produce muchísima admiración. Y admiro mucho a ese tipo de artista, en donde aparece esa parte con mayor nitidez. Y me inspira menos interés el tipo de artista que ha ido y ha venido, que ha estado ahí trasteando mucho las cosas – que también existe un arte muy bueno así.
Elena: El envejecimiento y la pátina. ¿Hay que tenerlos en cuenta? Es que yo he encontrado varias similitudes, la luz por ejemplo..
Antonio: Hombre, a mí el ponerme viejo… Yo veo las fotografias que este hombre me está haciendo y digo «¡Ay, dios mío!» (Risas) Parece que tengo ochocientos años en algunas fotografías, porque como ahora tienen esa posibilidad de manipulación. No me preocupa nada. Yo esto muy contento de mi edad. Yo tengo ochenta años. Únicamente que se mueren los amigos, que te van pasando cosas indeseables, que a tu mujer le puede pasar algo, y a ti mismo también. La cercanía con las cosas duras y terribles la tienes al lado. Es algo que, aunque no lo piensas, está en tu vida de todos los días.
Pero en sí, si yo me encuentro bien y las cosas más o menos van de una manera razonable, a mí me encanta el camino. Me encanta el camino. La infancia. Ha sido mi infancia allí en Tomelloso, en los años cuarenta, muy feliz. De todo lo que he vivido yo no cambiaría nada. Ni a Franco lo cambiaba. (Risas) Hay como una aceptación, o que la parte positiva es muy positiva.
Elena: Eso es maravilloso: poder echar la vista atrás y poder decir todo eso. Y la transición entre Tomelloso y Madrid, la recuerdas también como algo…
Antonio: Yo me vine aquí en el momento en que yo me abría, en que abracé otra forma de vida.
Elena: Esa infancia ha estado muy presente en tu obra.
Antonio: Toda mi vida. ¿Y en la obra? En la obra está presente todo, todo lo que tú eres. Se hace con todo lo que tú eres: con lo que sabes, con lo que ignoras, con lo que has vivido, con lo que no has vivido…
Elena: ¿Entonces tu obra es una autobiografía?
Antonio: Yo pienso que sí. Es como tu rostro, el resultado de todo: de tus abuelos, de tus padres, de Tomelloso, de lo que has comido, de todo. Y yo estoy muy bien, estoy muy feliz de mi vida, aunque esté cerca de cosas que sé que son graves. Vecino a ellas. Pero las acepto muy bien.
Elena: ¿Siempre has aceptado así de bien las cosas, o ha sido con la edad que cada vez se van aceptando mejor?
Antonio: Yo pienso que en general –y vuelvo a hablar del grupo– hemos sido personas que hemos trabajado con lo que había. Es como esa mujer que inventa el gazpacho con lo que tiene. Y le sale el gazpacho, le sale lo que le salga. Yo creo que hemos sido en eso muy poco exigentes.
Elena: Claro, os habéis ido adaptando a las circunstancias, aceptándolas.
Antonio: Yo pienso que es un poco por la infancia que hemos tenido, una infancia difícil.
Elena: Difícil pero feliz. O sea, se aceptaban también esas dificultades.
Antonio: Pero había lo que había. Yo noto que ahora a la gente le han dejado una enorme cantidad de expectativas, de cosas posibles maravillosas, que no van a llegar a ellas en la mayoría de los casos. Yo pienso que, entonces, al que le tocaba trabajar en el campo trabajaba en el campo. Ganando muy poco o nada. O al que le tocaba ser millonario –el marqués de Villaverde–, pues era el marqués de Villaverde.
Pienso también en la cercanía de los dioses. Nosotros somos hijos de un pueblo que ha sido muy religioso en la época de nuestra infancia. Mis padres, mis abuelos, mis abuelas, había imágenes religiosas en casa de mi padre, una habitación llena de imágenes. La sensación de que Dios está ahí, de que es verdad, o sea, ese sentimiento que puedes tener ahora –que lo puede tener la gente joven– de que todo eso es una filfa, de que todo eso va acabar y que no tiene sentido, yo no lo tenía. Y con eso había una normativa, que no tenía que ver con la religión, sino con reglas de la vida. A mí me parecía que tenían dignidad. A mí me gustaba. Hay algo de esa forma de vida que me gustaba.
Elena: Es como sólida, como una base, independientemente de por donde te lleve luego la vida.
Antonio: Yo creo que nos vamos metiendo en un atolladero. El hombre está cada vez más en un atolladero. Primero, porque los dioses ya no puedes recurrir a ellos. Y porque antes, con eso del cielo y del infierno, pues el mundo se agrandaba. ¿Pero ahora? Pues hay lo que hay. ¿Y qué es lo que hay?
Elena: Pues no lo sabemos (Risas). Leí una entrevista tuya que me pareció muy curiosa. Dijiste que “Picasso dominaba la realidad”. ¿Tú dominas la realidad o es ella la que te domina a ti?
Antonio: Picasso da la sensación de que tiene… En van Gogh notas que no quiere ser superior a algo que viene de más arriba. Él es así, y que sea lo que Dios quiera. Hablo de van Gogh. Y Picasso es una persona que nunca quiere perder. Él es un andaluz muy listo. Claro, los hay muy listos, muy espabilados. Y eso le sale siempre. Le sale siempre. ¿Que no le sale la cara de Gertrude Stein? Pues hace una especie de máscara negra. Él lo que no consiente es que le salga un churrete, un cuadro insignificante, que a lo mejor era lo que tenía antes de ponerle esa máscara. Y desde luego queda muy impresionante, porque es un hombre con mucho poderío.
Elena: Y que dominó, como explicabas tú maravillosamente, la realidad. ¿Y tú sientes que la has dominado también?
Antonio: Todos somos un poco Picasso. Nadie queremos perder. Queremos cierta seguridad. Pues mira, si hay que usar una foto, pues se usa una foto. Sabes que no está bien, pero usas la fotografía. Y tienes siempre una forma –porque conoces todo ese lenguaje– no para engañar, pero sí para no mostrarte completamente en la medida que tienes. Eso es algo que lo tenía Baroja. Baroja tenía esa capacidad de decir: “yo soy así, el que quiera que tome tome y el que no que me deje”. A mí por eso me gusta mucho Pío Baroja. Pero en general, la gente quiere ir como dos escalones por encima de su verdadera naturaleza. Y lo puede hacer, porque la gente se deja engañar muy fácilmente. Y en el arte, esto es como el ayo: ¿y quién te va a decir lo contrario?
Total, todo esto está en relación a la parte de Picasso, reconociendo toda su dimensión y todo lo que ha supuesto, que a mí no me gusta mucho. Me gusta más Dalí en algo.
Elena: ¿Y eso de que huele a azufre? Suena un poco diabólico, ¿no?
Antonio: Ya no me huele a azufre. Pero de joven me olía a azufre. Me parecía un poco el demonio.
Elena: ¿Sabes que eso lo dijo Chavez de Bush? Cuando se acababa de ir dijo “¡Aquí huele a azufre!”
Antonio: ¿De verdad? Me parecía un lugar muy atractivo. Es como el atractivo de lo peligroso. Es como decir “con esa señora es una maravilla, pero a ver qué lío”. Yo lo vivía así, porque mi tío era una persona que no trataba mucho de todas esas cosas –mi tío pintor– y él me hablaba de la modernidad como de un peligro. En fin, yo me acercé a todo eso de una forma instintiva, porque me atraía, porque me parecía que allí pasaban cosas extraordinarias. No sólo a Picasso, también a Paul Klee, a Chagall, a toda esa gente que a mí –y no solamente a mí, a todos nosotros– nos parecían nuestros maestros vivos. Nuestros maestros no fueron los maestros que estaban entonces en la Escuela de Bellas Artes. Eran estas personas. Y no las conocías de nada, ni siquiera estaban viviendo en tu ciudad, estaban en otro país. A mí me parecían unas personas llenas de valentía, y queríamos ser como esa gente. Nos parecía que eran las personas que tenían la razón. Que entender de arte era muy complicado, que la gente sabía muy poco, y que esa gente arriesgó muchísimo para decir cosas nuevas. En fin, la cosa era así de simplificada y de rotunda: la verdad la tenían ellos, como fue así además. Yo creo que esa gente cambió todo, lo cambió todo para bien.
También la mirada sobre el arte antiguo. Yo creo que cómo miramos ahora a Velázquez o Vermeer, después de todo lo que ha pasado, ya no es igual. ¿Cómo va a ser igual? Lo abstracto ha señalado el sitio de la pintura. Antes el sitio de la pintura era un sitio donde pasaba todo menos la pintura. Si pasaba era una cosa involuntaria. Ahora ya sabemos lo que es la pintura, tenemos una idea de lo que es la pintura, y que es algo que tiene una capacidad de transmitir emociones inmensa y la ha tenido siempre. Y lo que nos gusta tanto del arte antiguo, en alguno de los casos, es lo que tiene de abstracción. En fin, es una forma de hablar un poco facilona. El misterio que tiene La Venus de Milo, o La Gioconda, eso es un misterio que no te lo da el copiar algo de la realidad. Allí hay algo que tiene ver con el misterio del mundo. Hay algo allí que tiene que ver con el conocimiento del mundo, de muchos otros aspectos del mundo, con la luz de la inteligencia. Sin embargo, hay veces que eso se ha conseguido desde la copia de la realidad. Por ejemplo, un bodegón de Sánchez Cotán, da la sensación de que él se limitó más o menos a poner unas cosas. Pero allí hay una cosa verdaderamente misteriosa, enigmática, y una creación muy difícil de llegar a ella si no es a través de todas esas cosas que tienen que ver con el mundo interior y con el instinto.
Elena: Claro, hay que saber mirar.
Antonio: Y con la captación del misterio de las cosas reales. Hay gente que ve un pepino y ve cosas que otros no ven. Y hay gente que ve la miel y ve muchas cosas. O que le dices “aceite” y se le llena la mente de muchísimas cosas.
Elena: Parece que quieres como borrar tu presencia en las obras…
Antonio: Me has preguntado algo antes y no te he contestado, algo que tiene que ver con la melancolía o con la tristeza.
Elena: Ah sí, tus ambientes. Son percepciones mías. Tus ambientes más íntimos pueden producir un sentimiento de melancolía, de tristeza, y yo lo que te preguntaba es si creías que el mundo es así o por qué le representas de esta manera.
Antonio: Desde luego, no es una cosa voluntaria, te lo aseguro. No lo es. Yo pienso que en el caso de Giacometti o de Bacon, que son unos artistas que quieren expresar el horror o la catástrofe del mundo, es evidente. Pero en el caso de nosotros, y desde luego de mí, no. Y cuando yo me acercaba a un cuarto de baño, a mí me parecía muy hermoso aquello. Es una cosa difícil de creer, pero me parecía algo, que sé yo, como un altar, como una cosa que tenía mucha belleza. O sea que no lo hacía para darle a las narices a este o al otro.
Elena: ¿Pero por qué? ¿Por lo de intimidad que tiene? ¿Porque es tu realidad, porque es tu día a día?
Antonio: Porque me parecía hermoso. Monet, en un momento determinado, ante su mujer muerte –lo cual ya me parece excesivo– decía que “qué violetas maravillosos”. Y le hizo un cuadro.
Elena: ¿Pero esa belleza la encuentras fuera o dentro?
Antonio: Lo encuentras fuera. Puedes encontrarlo en una mierda, o en un flor podrida. Puede haber allí unos colores y una relación de formas tan sumamente atrayentes, que cuando Goya hace esa cabeza de carnero –un bodegón que está en Louvre, que es verdaderamente horrible–, no creo que él jugara con eso, porque no estaban las cosas así en esa época.
Entrevista a Antonio López 2
Elena: Estábamos comentando algo interesantísimo sobre la belleza.
Antonio: Yo pienso que esto viene de muy antiguo. Ya Durero hace cosas en principio feas. Hace cucarachas, cosas que te pueden dar repugnancia y que a él le parecen sumamente interesantes. Entonces, la palabra “interesante”, que es una cosa muy indefinida, ha ocupado el lugar de lo que es bello, tal y como lo podía entender David, Ingres o Rafael. Lo que es interesante es lo que tirá de ti. ¿Hay algo que tira de ti? ¿Puede ser la cara de un niño? Pues la cara de un niño. Vete a saber qué, y te lleva hacia allí.
Como ahora ya somos libres de hacer lo que queramos, no tenemos una persona que te dice “no hagas eso, que vas a asustar a este y al otro”, pues en el arte contemporáneo se pueden expresar cosas terribles. Es la búsqueda de lo que pasa en ese espacio, que puede ser insano, que está en Kafka, que está en Dostoievski.
2° entrevistador: En el cine ponen límites de edad –18, 16, 14, 7 años– y en el arte no los ponen. Y puede ser todavía peor (Risas).
Antonio: Puede ser, no lo sé. El cine lo consideran un arte muy popular, y al arte no le tienen nunca ningún temor. El mismo Franco nunca, el artista picaba un poco sus respetos. En cambio el cineasta, incluso el escritor, sí, porque es mucho más explícito. Entonces tú puedes expresar cosas peligrosas en el mundo de la pintura y éstas pasan desapercibidas.
2° entrevistador: Y son atómicas.
Antonio: Son atómicas. Son muy atómicas. Para mí lo son. Igual que lo pueden ser en el cine.
2° entrevistador: Incluso más, porque puedes contar más densidad, con menos explicitud y más implicitud.
Antonio: El ojo que lo corta la cuchilla de Buñuel, eso es algo intolerable. Yo no puedo con él. Ese regalito que nos hizo. Tendría todo el derecho a hacerlo, pero es muy brutal. Sería el surrealismo también.
2° entrevistador: No, esto lo llevaba puesto. (Risas)
Antonio: ¿Lo llevaba puesto? Más Buñuel que Dalí.
2° entrevistador: Los dos, cada uno a su manera.
Antonio: Buñuel de una manera más voluntaria. En Buñuel hay voluntad de eso. Dalí es una persona que se mete ahí en el agujero sin darse cuenta. Cuando estaba haciendo el cuadro del cuarto de baño –la pintura, no el dibujo– que lo hice el 65…
Elena: ¿La que tiene una doble perspectiva, no?
Antonio: No, no, mira es este de acá (Va a buscar el cuadro).
Elena: Es curioso ¿Y quién estaba aquí?
Antonio: Yo tendría que estar aquí.
Elena: ¿Por qué te ocultas tanto? (Risas)
2° entrevistador: Se oculta, oculta. ¡Háblale de la ocultación, que es su profesión! (Risas) Oye, esa historia disruptiva en la que te has metido últimamente, tan misteriosa, en la que de repente los trozos divergen.
Antonio: Hablas de la ventana y todo eso, ¿no? Todo eso está ahí. Está tan ahí, que yo, para cerciorarme –porque el ojo lo ve pero la mente lo corrige–, yo lo he tenido que medir. Y he ido midiéndolo todo puntualmente con unos ejes. Yo lo he hecho científicamente, todo lo científico que se puede llegar a ser. Tampoco es la primera vez que lo hago. Es que la realidad por donde vamos nosotros, por donde nos movemos es un caos. La mente todo eso lo ordena, porque si no nos caeríamos y no podríamos crear las verticales, las horizontales y una serie de reglas. Y luego también está que el ojo, el formato por donde se ve, es un círculo. Entonces el círculo absorbe todas las curvas, mientras que, con esos círculos en un formato rectangular, ¿qué harías? Tendrías que meterlo todo en una curva, meter la cabeza ahí, y entonces sería la realidad.
2° entrevistador: En eso estás ahora, ¡metiendo la cabeza en el hoyo!
Antonio: Pues sí, en el hoyo (Risas) (Va a buscar otro cuadro) Esto es de Mari. ¿Sabéis lo que dijo Enrique Gran cuando vio este cuadro? Cuando vio este cuadro, dijo: “Es el jardín de san Joaquín y Santa Ana”.
2° entrevistador: Los padres de la virgen. Oye pues podía haberlo titulado así.
Antonio: Ya, pero lo que pasa es que no hemos querido aprovechar estas cosas. Todo lo de Mari es un poco eso. Mari tenía esa capacidad (Sigue buscando). Mira, este es del 66, y fue el primer trabajo que hice sobre este tema. Fue unos meses después de llegar a este piso, a esta casa. Y, de repente, estaba pintando una mañana y llegó Juana Mordó. Juana Mordó era mi galerista, una mujer que sabía mucho y todo eso. Y me dijo (Risas), sin maldad: “Lucio dice que está muy bien, ¿pero esto quién lo va a comprar?”. Claro, lo compró un pintor americano abstracto. Pues eso dijo Juana, y me lo dijo a mí como diciendo “bueno, qué le vamos a hacer”.
2° entrevistador: ¿Quién lo va a ver?
Antonio: Quién lo va a ver, sí. Lo dijo espontáneamente. Quiero decir que –hablando de todo eso de la tristeza, de esa parte que no se ha hecho nunca por encargo– yo pienso que hay aspectos del arte moderno que han salido por la libertad que nos ha concedido la sociedad. Si no, nos hubiéramos atrevido, porque la gente no quiere a lo mejor tener eso, en principio.
Elena: Porque ahora el arte se valora de otra manera también. No es una cosa que sea para embellecer o decorar la casa…
Antonio: Durante miles de años fue para eso. A lo mejor había más razones profundas, pero mucho era para decorar.
Elena: Por eso digo, ahora ha cambiado ese concepto: se buscan otras cosas, se busca el misterio, todo lo que hay detrás.
2° entrevistador: En el mundo contemporáneo hay muchos artistas siniestros, pero tampoco tantos tristes. Triste puede ser, en este sentido, Morandi, o melancólico.
Antonio: Es que lo de Morandi es un enigma. Entiendo perfectamente lo que dices, a mí sin embargo no me parece triste. Tampoco alegre. Es una especie de limbo en donde no está el mal, no están los peligros.
2° entrevistador: Pero tiemblan algunas cosas.
Antonio: Tiemblan, claro, algún peligro hay. ¿Qué peligro es el de Morandi? Yo es que no lo sé. Pero tiene que haberlo, porque yo viendo la portada de ese catálogo –un bodegoncito de esos– eso es como el siglo XX total. ¿Qué es eso? Es muy difícil de saber. Porque lo de Bacon sabemos muy bien lo que es, lo de Andy Warhol y aquellos tiempos, etc.
2° entrevistador: La sangre y el congelador.
Antonio: Sí, sí, la sangre y el congelador. Pero ese punto, lo tiene él nada más. ¿Sabes quién lo tiene a lo mejor? Edward Hopper. Hopper está a punto de que todo eso sean apariciones, muertos. Estás un mundo peligrosísimo, vas a ver cualquier cosa horrible, incluso cosas que se puedan buscar.
Elena: Es que ahí están mucho más soterradas, es mucho más misterioso y no tan explícito.
Antonio: Pero le permitieron hacerlo.
Elena: Ahora que es tan explícito, es demasiado fácil. En cambio, en estos artistas como tú –que se supone que mostráis la realidad–, hay mucho escondido.
Antonio: Yo me considero mucho más alegre que Morandi.
2° entrevistador: ¿Qué hay de triste en ti?
Antonio: Yo he llegado a la conclusión de que no soy triste.
2° entrevistador: Ya lo sé que no eres triste. Pero hay algo triste también, ¿o no?
Antonio: No, me parece más triste Paco. En Mari no, pero en Paco le veo a punto de decir “esta persona hay que ponerle un vitalizador”. Fíjate, a mí esto me lo dijo Enrique, que ese lo veía todo. Cuando vio un dibujo de unos colchones me dice, “esto, un poco más, y entras en algo muy peligroso”. Es un dibujo que no está en la exposición.
2° entrevistador: ¿Ese dibujo dónde está?
Antonio: Ese dibujo lo tiene un March.
2° entrevistador: ¿Qué March? Lo quiero ver ese cuadro.
Antonio: El que tiene la pila, la pila con agua.
2° entrevistador: ¿Carlos? Pues ya lo voy a ver.
Antonio: Sí, tiene los dos. Y no ha querido prestarlos para la exposición ninguno, y yo no quise tampoco… Yo entiendo porque me gustó aquello tanto, porque hice uno después –que fue el último–, que fue una cocina con una bombilla, una habitación pequeña un poco destartalada. Yo estuve tanto tiempo dibujando aquello, que yo decía: “¿pero por qué me he venido yo aquí a hacer esto, por qué me he metido aquí?” Es que no lo sabes muy bien. Había algo ahí muy inexpresivo, no era una cosa negativa evidente. Había algo al borde de la depresión, al borde de lo peligroso. No lo sé muy bien.
Elena: ¿Cómo sucede eso? ¿A ti de repente un espacio o algo te emociona, te apasiona?
Antonio: Sí, sí. Yo creo que todos los pintores, desde que eligieron la libertad ya en el siglo XIX, han ido viviendo, yendo de acá para allá, moviéndose, y de repente han visto algo: una chica en una barca –Manet–, unas sombras, unas luces o reflejos en el agua… Claro, ya podías saber en esa época, y a partir de entonces, qué nos gustaba, porque hasta entonces era lo que les gustaba ver a los que te encargaban las cosas.
Elena: Y para ti ha sido siempre lo más cercano.
Antonio: Pues siempre ha sido lo más cercano. En general, lo español es lo más cercano. Es el arte que ha trabajado con lo más cercano. Han sabido ver eso, que no es fácil, porque no hay una receta.
Elena: Pero, por ejemplo, cuando tú has salido de esa intimidad, de esa cotidianidad, y has viajado o lo que fuera, ¿te ha producido esa sensación fuera? Hay un cuadro que es en la sierra madrileña, ¿no? Desde la Maliciosa. Pero cuando has viajado, o cuando has ido a Italia, ¿no ha habido ningún lugar que te haya impresionado tanto como para pintarlo? Pero, al final, has pintado lo cercano.
Antonio: Yo de todas maneras, viendo el Prado, por ejemplo –que dicen de la tristeza del arte español–, creo que el único que no es triste es el arte español. Del arte que no es el antiguo, antiguo. Ya desde el siglo XVI para acá todo me parece tétrico, comparado con lo español, comparado con Velázquez, con Zurbarán, con Ribera. Es un arte que cree en el mundo. Eso es algo que dice mucho de lo español.
Elena: ¿Y eso no es triste?
Antonio: ¿Cómo va a ser triste? Aunque no sea más que una calle corriente.
2° entrevistador: ¿Has visto el cuadro ese de Murillo que trata de desnudar a José tirando de la capa? Todo es como irreal, de repente esa historia se convierte con una fuerza.
Antonio: ¿Dónde está ese cuadro?
2° entrevistador: Está en América. Pero es un cuadro enorme.
Antonio: En mi época, Murillo estaba decidido que no era muy bueno. Bastante detestado.
2° entrevistador: Sí, pero tú eres capaz de comprenderlo.
Antonio: Yo he visto una iglesia en Sevilla –está en el centro– muy recargada, muy barroca, con Murillos, que me impresionaron, muy oscuros, que están todavía allí. ¡Pero que diferente con Velázquez!
2° entrevistador: Son dos modos de Sevilla.
Antonio: Es verdad, sí. Lo que pasa es que Murillo ha aplastado a Velázquez, digamos, en lo que es la visión de la ciudad. Yo sin embargo, en esa Sevilla que estoy pintando, yo veo sangre, porque hay una vista en la Fundación Focus de Sevilla muy grande. La gran ciudad. La primera parte, la parte que corresponde al barrio de Triana, el primer término, es impresionante. Es impresionante lo que hacen los personajes: la prostitución, gente peleándose, un burro que quiere tirarse a una burra, o sea, es una cosa impresionante, porque es como El Quijote pero por diez, multiplicado por diez la dureza. Hay al menos tres o cuatro sitios con hombres peleándose. Es impresionante. Todo eso es Sevilla. Y se me superpone a la Sevilla de Carmen Laffón. Y allí me ha ayudado mucho Velázquez, porque la España más tremenda de todas las pintadas son las pinturas que Velázquez hizo en Sevilla. Si comparas Las viejas con Las Hilanderas, Las Hilanderas es el edén: ¡qué hermosura, qué cuellos, qué carnes, qué luces, qué tornasoles!
2° enteevistador: ¡Qué celeste!
Antonio: ¡Qué celeste! Es una conquista.
Elena: Oye Antonio, ¿y qué significado ha tenido la luz en tu obra?
Antonio: Pues yo pienso que la que ha tenido en todos los pintores. Se habla de la luz de Sorolla, de Rembrandt, también en Giotto. No se pueden expresar las formas si no es con el color, y el color es también una forma de la luz. Claro, habría que empezar a hacer comparaciones. Mi tío y Mari yo los he tenido muy cerca. Mari, cuando pinta el cielo, hace algo que yo ni podía soñarlo. Lo veo en realidad cuando lo veo en sus cuadros: pone más claro el cielo, no oscureciéndolo por arriba como es, sino oscureciéndolo en la distancia en donde el cielo se sitúa en relación al Sol. O sea, la parte más cercana al Sol está más claro el cielo que la parte más alejada. Quiero decir que mi tío y Mari se acercan a la pintura desde la luz como podía hacerlo Vermeer, o sea, de una forma inconfundible. La luz es el secreto ahí. Pero otros pintores…
Elena: ¿Y en la tuya?
Antonio: Yo hago escultura. Cuando un pintor hace escultura es porque la forma es, para él, una especie de tabla de salvación. Cuando un cuadro se me va –que ocurre muchas veces– yo nunca pienso en la luz, en general. Hablo en general, y hablo de toda mi vida un poco. Siempre en la forma. Pienso “voy a colocar bien este cuello sobre los hombros”. O sea, como lo haría un escultor: “voy a ver qué pasa con la cercanía de esta figura en relación a otra figura”.
Elena: Piensas como un escultor, aunque pintes más que esculpes.
Antonio: Como Barceló. Barceló es un escultor.
2° entrevistador: La luz no la buscas, te la encuentras, como Picasso.
Antonio: Claro. Tienes otras cosas. Hay gente que va derecha a la luz. Es como, qué sé yo, como ciertos músicos y la relación de un sonido con otro: ¿cómo han afinado? Giotto no afina tanto, te impresiona por cómo te sitúa las figuras. Son esculturas. La forma ha sido siempre donde se ha agarrado el pintor. No conocemos la pintura griega, no sabemos cómo era. Pero un caso como Vermeer o como Velázquez son rarezas. Yo creo que después surge más la luz, el color.
2° entrevistador: Y opacas la figura. Cuando empiezas a ponerle mucha luz atmosférica, entonces las figuras empiezan a hacerse delicuescentes.
Antonio: Claro, claro. Yo confío mucho en la forma. Si una figura está bien dibujada –eso que dice Ingres, de que “el dibujo es la probidad de la pintura”–, yo pienso que es eso. Yo ahora estoy haciendo un cuadro del resto de unas flores. Unas flores que estuvieron frescas hace un año y medio, y las he dejado allí y ahora estoy pintando cómo se han quedado, el agua se ha evaporado… Nunca he hecho eso. La muerte, su presencia… La flor es la belleza, y yo siempre me he acercado a la flor y he visto cómo a ese esplendor –rápidamente, apenas en dos días– empiezan a pasarle cosas. Cuando empezaba a pasar eso, yo la apartaba y decía, “aquí se queda el cuadro”. Pues lo he seguido. Y he hecho el primer cuadro, y he hecho tres cuadros más.
Quiero decir que yo, hasta que no sitúo bien el óvalo del vaso, el óvalo de la boca –que está en escorzo–, hasta que no sitúo bien este tamaño en relación a éste, en relación a otra cosa que hay aquí, yo estoy actuando sobre las formas. Lo que pasa es que, al pintar, yo me noto enormemente sensible al tono. Yo pienso que hay una pintura que se hace así. Sorolla trabaja así. Notas que trabaja mucho con la certidumbre de que un color, de que un rosa de la carne, es éste, pum, y lo pone. En Manet, por ejemplo, eso es maravilloso: cómo ajusta el tono. Yo ajusto, trato de ajustar mucho el tono, pero antes he trabajado sobre la forma. Lo he dejado todo preparado. Y hay otras personas, como Mari y mi tío, que iban directamente a la luz y al color.
Elena: Siempre hablas de tu tío, es como un gran referente tuyo, ¿no?
Antonio: Sí, porque lo he tenido al lado. Y Mari también. A mí es que me impresionan mucho esas personas que son como son. Yo he conocido –como dice Buñuel hablando de Borges– mucha gente inteligente, o como Baroja, “mucha gente inteligente pero a poca gente buena”. A mí me parece que es una forma de bondad, la luz. La luz no tienes acceso a ella si no tienes una forma de bondad en el corazón. Yo no la tengo. Pero Mari la tiene, y mi tío la tenía.
Y la tenía desde muy pequeño. Tiene una pintura que hizo –que no es de las que está en el museo, porque consideró que se debía dejar a los familiares– y la tiene una hermana mía. Es un cuadro en el que está mi padre –él lo pintó como a los dieciocho años–: hay un niño sentado en una silla y otro en un corral manchego, al sol, con gallinas, pozo, carro. Pues es el corral de su casa, de una persona que tiene una casa preparada para tener carro, mulas y todas estas cosas. ¡Es una pintura de un humor, de una finura, con una luz! La perspectiva se le va, un poco. Las líneas de fuga no van todas a sitios debidos. Todo lo que es el aprendizaje aún no lo ha aprendido. Pero todo lo que es la captación y el sentimiento de las cosas: el niño sentado en la silla –que es su hermano–, el otro niño que es su primo, las gallinas que están por allí… Es una cosa tan maravillosa, tan milagrosa como un Vermeer.
Entonces, cuando te toca cerca, toparte con una cosa así, con una persona que, sin saber casi ni lo que hace, te hace una cosa así… Tan inocente y tan sabia. Realmente lo ves pocas veces. Es puramente intuitivo. Mi tío en ese momento, y Mari en algunos momentos, consiguen esa especie de gloria, de gloria del hecho artístico, del lenguaje del arte, que puede estar en la música, en la danza. Unas personas que se mueven que dices “¡qué encanto, por qué es tan maravilloso!”.
Elena: ¿Y cuándo has sentido tú esta gloria?
Antonio: Yo esa gloria no la conoceré. La conozco a través de los demás.
Elena: ¿Y tú no las has sentido?
Antonio: Yo no tengo ese don. No se puede tener todo, nena. (Risas)
Claro, yo le he enseñado a Mari a encolar los lienzos, y le he hecho otros favores. El cielo que pinta Mari, a mí me conmueve mucho. Me conmueven mucho esas personas, porque son personas difíciles de comprender, que no tienen la cantidad de armas, no han afilado. Han andado de otra manera. Pueden no ser entendidas.
Elena: Pero Antonio, eso que tú sientes con ellos habrá mucha gente que lo sienta contigo.
Antonio: Yo creo que anida sobre todo en algunas personas, no artistas, personas. Hay personas que son así, que te acercas a ellas y te dan algo, como el olor de ese clavel. Y hay otra gente que te da otra cosa. Tú vas a un buen médico e igual te cura de una enfermedad. Pero eso es un don que tienen algunas personas, entre ellos algunos pintores. Y yo he conocido a dos nada menos, al lado mío.
Elena: No está mal.
Antonio: No está mal. Son personas que no saben muy bien lo que hacen y que se pueden también desviar mucho. Se pueden perder, porque no saben manejar eso bien. Es como un don, es como la maravilla de mi pueblo de Tomelloso, que Tomelloso se ha afeado y ellos ni se dan cuenta, porque no sabían ni la maravilla que habían hecho: esas calles rectas, la proporción de la anchura con la altura de las casas, todo eso era como algo milagroso que se da de vez en cuando, como producto del hombre. Y el hombre no es totalmente consciente. Y hay un tipo de arte que se da así, y es el que corre más riesgo, porque cualquiera se lo lleva por delante.
Elena: ¿Qué te gustaría que transmitiera tu arte al espectador?
Antonio: Pues tener una utilidad para los demás. Yo valoro mucho eso, porque he encontrado mucho eso en los demás. En principio eso. Tener utilidad, que haya un tipo de arte que me valga, que me mejore, que me guste pensar en él y que me acompañe en mi vida todo el tiempo. Algo de eso.
Hombre, ahí está incluida la inteligencia, pues sin la inteligencia… Sin una forma de inteligencia – porque a lo mejor hay muchas formas de inteligencia. Y la inteligencia de mi tío es una forma de inteligencia, como la del mirlo que canta. Luego hay otras formas de inteligencia, que te la puede dar Marcel Duchamp o esos hombres que saben tanto, tanto, tan respetados por todos. Pero esos otros son como ángeles, que nos salvan.
Elena: Parece que tú y tu pintura sufrís un proceso evolutivo de…
Antonio: Yo hablo por los codos.
Elena: Me encanta, estoy aprendiendo muchísimo. Y además te he oído hablar mucho más antes de venir aquí, a través de los escritos: “pero como en esos sonetos de Machado me encontraréis a bordo ligero de equipaje y casi desnudo”.
Antonio: Total nada, así le fue al pobre (Risas) Allí, con su madre… ¿Sabes que su madre decía, cuando llegaban ya a Francia, “estamos llegando a Sevilla”? Fíjate, qué cosa tan terrible.
Elena: Antonio, ¿tú has soltado mucho equipaje a lo largo de tu vida?
Antonio: Yo pienso que sí.
Elena: ¿Te notas ahora ligero?
Antonio: No. Yo me noto muy prisionero de lazos incluso estupendos como son los amorosos. Es mi punto flaco. Mi punto flaco es ese.
Elena: ¿Pero de los otros, de los que sobran, de esos te has ido desprendiendo?
Antonio: Bastante, bastante.
Elena: ¿Y eso es la edad?
Antonio: Yo pienso que la edad y la cercanía con personas que son muy superiores. Habiendo escuchado tantos años a Bach. Mira, he escuchado a Bach años y años, de todo eso algo queda.
2° entrevistador: Siempre soltando lo que sobra.
Antonio: Algunas cosas no las sueltas nunca. A lo mejor es que no las tienes que soltar.
Elena: Pero las que sobran, notas que has ido desprendiéndote de ellas.
Antonio: Saber eso es una forma de conocimiento, como el saber alimentarte – que en esto somos muy ignorantes. Y creo que hay gente que tiene muchísima intuición, que tiene una especie de don para vivir la vida. Que a lo mejor la tienes tú, pero que a lo mejor no la tenemos ni Francisco ni yo – que somos unos pobres diablos. (Risas) Eso es lo que tú puedes dar a los demás. Esa marcha, esa cosa. Yo soy muy sensible a todo eso. Lo sé captar muy bien. Y en el caso de la bondad de Mari, por ejemplo, que la tiene una hija mía, si hay algo que valoro, es eso. Cuando ya esa parte tierna y luminosa se relaciona con el arte, a mí me parece tremenda.
Elena: ¿En tu escala de valores qué es lo que situarías más elevado?
Antonio: Yo en la escala de valores, si se pudiera unir la inteligencia y la bondad, primero la bondad, y luego la inteligencia, sería eso. Cuando va junto, ya está. Es como la vida. ¿Cómo se hace la vida? Pues haces así, asá y ya está la vida. Eso, el que lo tenga –y hay personas que lo tienen–, les da una fuerza y un poder enormes, que no lo tiene ni Ava Gardner (Risas). Hombre, para mí, Ava Gardner es muy grande. No se le ha dado el valor que tenía.
Elena: ¿Y quién ha sido la persona más inteligente y bondadosa que te has cruzado en la vida?
Antonio: No puede haber una. Una de ellas es una hija mía.
Elena: Qué maravilla.
Antonio: Sí, una hija mía. Tú le dices lo que sea, y puedes tener la seguridad de que no va a decir ninguna tontería. A lo mejor no te dice nada, a lo mejor no te hace ningún comentario. Pero es un poco como Enrique Gran: son personas que te hacen mucha compañía, porque parece que lo entienden todo. Si hay alguien que lo entiende todo, es esa persona. Y tiene que ver con la bondad. La bondad es una forma de inteligencia especial.
Elena: Si no, no te has acercado a ellas. Hablabas de Lucio, por ejemplo, y de otros personajes que te han atraído y que siempre han tenido la bondad acompañadoles.
Antonio: Lucio se equivoca más que esta hija mía.
Elena: Sí, eso por supuesto. Pero normalmente todas esas personas que tú has intentado acercarte a ellas dices que te han atraído por su inteligencia…
Antonio: Sí, porque sabían y también porque me dejaban pasar. Tú te pones a la puerta y hay gente que no te abre. Bueno, pues nada, estás ahí un rato y buscas otro sitio. Yo no soy nada masoquista. Nada en absoluto. Yo no sé si existe el masoquismo siquiera.
2° entrevistador: Existe.
Antonio: ¿No se confudirá con otra cosa? Porque es una cosa que no me cabe en la cabeza. Hay gente que tiene mucha resistencia, y es muy torpe, y no sabe salir de ahí. Yo no lo sé. La bondad sí me cabe en la cabeza, lo otro no. Que alguien quiera sufrir…
Elena: ¿Cómo has buscado la felicidad en tu vida? ¿A través de qué?
Antonio: Yo no la he buscado. Diría que había cosas para mí deseables, llamativas, que tiraban de mí. Una de ellas por ejemplo el arte, otra el amor, lo que sea. Pienso que son cosas que no buscas de alguna forma premeditada. Yo no estoy seguro. Yo sólo sé que un día, en el año 1953, yo me encuentro pintando una vista de Tomelloso, al sol. Yo no podría pintarlo ahora. Mi tío no pintaba eso. No lo pintaba. Se iba al campo. Para él, la ciudad era un red asfixiante. Sin darte cuenta, vas creándote una especie de lugar, como tu casa.
Elena: Las terrazas, las ventanas, las puertas, los umbrales… ¿Por qué ha sido todo eso tan importante?
Antonio: Pues fíjate. Todo eso lo hemos visto luego en el arte alemán. Lo bonito de vivir en esa época –que no se sabía tanto– es que tú vas sólo mucho tiempo. Quiero decir que ahora hay tanta información, tanta, tanta, qué dices esto lo habré oído y tal. Pero, entonces, en realidad es un espacio muy grande que tienes que recorrer tú sólo, aunque te caigas. Esta sobreprotección de la sociedad entonces no existía, ni siquiera en relación a un catarro, porque no había antibióticos, y a lo mejor de una diarrea se te moría un niño.
Elena: ¿Y tú sientes esta soledad del artista?
Antonio: Yo la he tenido sí, pero como algo bueno. Porque yo estaba en Madrid. Yo tengo la impresión de que lo he tenido todo. Tengo esa sensación.
Elena: ¿Pero la soledad del artista cómo la has vivido?
Antpnio: Yo es que no me he sentido solo. Yo no he tenido esa sensación. Yo en un momento determinado –estaba soltero, Mari y yo lo habíamos dejado–, mi padre y yo compramos un piso en Madrid. Esto fue durante el año 58 y parte del 59. Yo allí me acostaba solo, me levantaba solo, había decidido pintar y yo decía “¿qué hago aquí?”. Una cárcel no puede ser peor que eso. Yo no lo podía resistir. Entonces me di cuenta de que el arte, si no hay otra cosa detrás, algo que tiene que ver con el amor –que ya no es el amor al arte, que es otra cosa–, yo así a palo seco, ¡yo me voy a una cárcel! ¡Yo hago una trastada y me voy a la cárcel! Fue tan claro el choque, porque yo siempre estaba rodeado de gente –en la escuela, luego en el servicio militar– y de repente, sólo. Y me acostaba sólo, y me despertaba sólo. Y me ponía a trabajar en un cuadro, y miraba a la gente, y miraba al sol y me decía: “esto no es vida, ¡esto una birria!” Yo necesito compañía. Soy muy dependiente. Yo no tengo preparación para eso.
Elena: Dices que necesitas mucha gente. ¿Pero por qué en tu pintura rehúyes la figura humana?
Antonio: Sin embargo, las inauguraciones me cansan. Hay cierto mundaneo que me resulta cansino. No puedo. Mira, fíjate, el pobre Lucio, él tuvo una enfermedad mala, y le mató. Y los últimos meses él no salió de su casa. Y tanto forzó el hecho de tener que salir de acá para allá, y de hablar con unos y con otros –lo que es el mundo–, que él me decía a veces: “mira, yo sé cómo estoy, y lo sé todo. Y estoy feliz de no tener que andar de acá para allá”. Tan harto estaba de tener que andar de inauguraciones. Bueno, pues eso no me gusta absolutamente nada. Pero a mí estar con la gente me gusta muchísimo. Y yo me meto en muchos líos porque siempre espero que pase algo bueno de estar con la gente. No tengo ningún temor. Yo de lo que tengo temor es de la soledad. Entonces yo me iría, ya te digo, a un burdel, a cualquier sitio. Todo menos solo. Me iría a una ONG, me iría a un sitio donde se pudiera hacer algo útil y estar en compañía con gente, ayudando.
Elena: Para ti hay algo que está en tu vida por encima de tu arte.
Antonio: Es que el arte para mí es eso. Me sana.
Elena: Dices, qué sentido, qué tristeza de vida ser sólo artista.
Antonio: Es que a lo mejor nosotros somos un tipo de artistas que no somos muy atípicos. No hemos sacrificado cosas al arte, cosas humanas. No hemos dejado de tener hijos por pintar. No hemos vivido en una ciudad que no nos gustaba por pintar.
Elena: No habéis sacrificado la vida por el arte.
Antonio: No mucho. Yo creo que eso es algo que nos distingue un poco a todos nosotros. Hemos sido en eso muy poco artistas. Hemos dado mucho valor a otras cosas. En eso Amalia era muy clara – porque Amalia lo del arte le daba risa al lado de lo que era la vida, la vida buena o mala. Ella lo tenía muy claro.
Elena: ¿Cómo definirías el carácter y la naturaleza de tu arte?
Antonio: A mí me gusta mucho el mundo. Yo creo que a todos nosotros –a los siete, yo hablo un poco del grupo– nos ha gustado mucho el mundo y hemos estado hablando todo el tiempo del mundo en nuestra pintura. Y el mundo nos ha gustado, de lo contrario no lo hubiéramos podido representar de ese manera. Nos ha gustado una pared, y allá donde nos topábamos con ella nos ha parecido de mucho valor.
Y muchas veces veo lo que pinto y digo: “más feo no puede ser”. (Risas) Hombre, que te vayas a pintar al Partenón, al Acrópolis, (Risas) Pero yo me he puesto a pintar delante de cosas que hay que ver, qué feas, qué secas, qué poco atractivo tienen.
Elena: Pero, por ejemplo esto, a mí me parece bello.
Antonio: Me parece bello. Me parecía un altar.
2° entrevistador: Es un altar.
Antonio: Es un altar, sí. Pues yo lo veo ahora, Paco. Pero entonces no lo veía. Es un altar, como lo es Sánchez Cotán.
Elena: Bueno, yo vuelvo otra vez. ¿Por qué te ocultas tanto? ¿A ti te gusta ocultarte?
Antonio: No, no me gusta ocultarme.
2° entrevistador: Sí, sí te ocultas. Tú en el arte te vas ocultando progresivamente. ¡Vas borrando tus huellas! (Risas)
Antonio: ¡Qué interesante! ¿Y tú te has dado cuenta de esto?
Elena: Cuando hago todas estas preguntas de aquí, es un poco el producto de mi visión al acercarme a tu obra, claro. Cada uno se forma un prototipo del artista. Es como la obra. Esto tiene mil interpretaciones.
Antonio: Pero sobre todo tiene una. Si la entiendes tiene una. Y si das con eso, es como dar con un crucigrama, o con la salida de un laberinto. Hay gente que sabe cuál es la salida. ¿Ah, si eh? (Risas) ¡Pues no me la digas! (Risas) Yo todo lo que te he dicho es verdad, y todo lo que no te haya dicho, no te lo he dicho.
«La mirada más neutral y más limpia siempre está impregnada de la sustancia individual del que mira. La imparcialidad no es posible» no es posible conocer el objeto en sí, la realidad siempre va a estar impregnada de esa sustancia subjetiva no le deja mucho espacio. ¿Quiere compartir la emoción que le ha producido la observación del objeto? ¿Qué tipo de emociones le produce?
La explicación de obra total en el pasado se conseguía con un Fidias, un Leonardo da Vinci, un Velazquez, expresaban a través de su obra unas reglas morales, estéticas definidas y en la que creían todos. Ahora para hacer la obra total con la defensa del yo individual ha originado un arte fragmentario y únicamente la unión de esos fragmentos daría esa obra total que algunos artistas del pasado lograron hacer. Una pintura de Matise, Picasso, Giacometi contienen menos la totalidad del sXX que una escultura griega o egipcia la totalidad de su tiempo
Las vanguardias más radicales pretender proporcionar la emoción estética a través de la desaparición de la forma.
El hace arte apolineo de culto a la forma y el orden, la dignidad de la forma. Al contrario que Picasso que sería el desorden, la destruccion de la forma, lo agresivo. La falta de proporción. Representa una objeción contra la forma.
