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Música, sólo música

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Autor colaborador: Dr. Diego Sánchez Meca,
Catedrático de Historia de la Filosofía Contemporánea,
Universidad de Madrid (UNED), España 

Diego Sanchez Meca small 

 

 

 

 

Diego Sánchez Meca, Música

 

Todo arte es un puro juego de la fantasía y de la imaginación que nos produce placer, que nos divierte pero que, al mismo tiempo, nos enseña algo. En sí mismo, como creación, es un modo de manifestarse la fuerza formadora de la vida. Pues crear arte es estar ejerciendo la actividad misma en la que consiste la vida, que no es otra cosa que producción de un mundo de apariencias y juego exuberante y continuo de su creación y de su destrucción. Esta es la razón por la que el arte requiere el desplegarse de una sobreabundancia de fuerza, de una intensidad vital y personal que se explaya y se vierte hacia fuera creando y destruyendo las formas, los objetos y las obras. En esto radica lo artístico del arte, en que su fuerza creadora no es sino participación en la fuerza creadora y destructora que mueve el mundo.

  

Pues bien, preguntémonos ahora: ¿Cómo actúa esta fuerza? ¿Cómo se ejerce? Se ejerce -y esto es lo más importante- como capacidad de dominar una gran cantidad de estímulos o de impulsos hasta armonizarlos en una forma bella. Fijémonos lo que hace esta fuerza en la naturaleza. Todo lo que vive está movido por un ritmo, y lo propio de lo viviente es engendrar un ritmo. Y esto, hasta el punto de que se puede definir la vida, desde este punto de vista, como una organización rítmica espontánea. Por ejemplo, si recurrimos a nuestra experiencia, estaremos de acuerdo en que preferimos siempre el esfuerzo rítmico al esfuerzo desordenado. Esto lo comprobamos, sobre todo, cuando practicamos algún deporte o realizamos algún trabajo físico. Supone un gran ahorro de energía ejecutar movimientos iguales en duraciones de tiempo iguales, pues obtenemos así el máximo rendimiento a nuestro trabajo muscular evitando la fatiga.

 

 Música en la cabeza   

 

Este es un hecho que rige no sólo el movimiento de los seres orgánicos, sino que se da igualmente también en el mundo inorgánico. Un cierto ritmo tiene lugar siempre allí donde hay un conflicto de fuerzas que no están en equilibrio: entre el frío y el calor, entre lo húmedo y lo seco, entre lo denso y lo expandido, entre la luz y la oscuridad... Todo lo que existe lucha y, por eso, esta oposición de los contrarios instaura un ritmo, el ritmo de las estaciones, el ritmo del día y la noche, el ritmo de la lluvia y la sequía, el ritmo del hambre y la saciedad. Se puede decir, por tanto, siguiendo a Heráclito, que todo el devenir está ligado al ritmo. Y de ello podemos concluir que vivir, existir, evolucionar consiste en instaurar una relación de equilibrio sobre un fondo de desequilibrio, dominar el desorden mediante una organización regular, crear un mundo, o sea un orden y una proporción a partir del caos.

 

De igual modo, el arte no es, en realidad, el desplegarse libre de efusiones sentimentales o de fantasías incontroladas, sino la conjunción exitosa de contenido y de forma, de inspiración y de técnica. Y tanto más excelsa y sublime resulta una obra artística cuanto la desbordante fuerza del genio que la crea logra quedar finalmente contenida y dominada bajo los perfiles y trazos de una forma artística, o sea, de un orden, de un ritmo. Pues bien, esto nos enseña algunas cosas.

Por ejemplo, en la buena música, ese deseo tan humano de querer alcanzar lo profundo, lo infinito, lo esencial, lo en sí; ese querer encontrar pensamientos sublimes en el paroxismo de un idealismo del lógos, corre el peligro de romper el equilibrio justo entre forma y contenido. Porque la música mejor sería la que se contenta con las formas de nuestro mundo y de nuestra vida y las ama por si mismas, como meras apariencias, sin tratar de ir más allá de ellas buscándoles un sentido en sí como esencia trasmundana. La música, como juego de formas melódicas y ritmos, es, en este sentido, un modo privilegiado de pensamiento de la verdad de la apariencia, ya que su forma artística permite conocer el mundo, no como descubrimiento de su ser más profundo, sino como juego trágico-dionisíaco del crear y el destruir. Los ritmos, las canciones, las armonías que el artista crea y con las que piensa se refieren a la tierra y a la vida, que no es más que ese juego alternativo de nacimiento y muerte.

 

  Partitura música 

 

Lo interesante es que, así entendida, esta música no tiene por qué derivar en el pesimismo y en el ascetismo, como concluía Schopenhauer. Al contrario, puede llegar a convertirse en el verdadero contramovimiento del ascetismo y en algo completamente antipesimista: "Creería sólo en un Dios que supiese bailar", dice Nietzsche. Que es como exigirle a la música que sea el arte de la ligereza, de la versatilidad, de la sutileza y del puro gozo de vivir. Lo que esta música enseña a todo ser humano que ama y afirma la vida es a conquistarse a cada instante dominando su caos, dando un sentido a su vida e imponiendo una ley, un orden, un ritmo, una forma a su impulsividad y a su temporalidad unificándola en un todo y dirigiéndola a unas metas. Si no hace esto entonces se verá aplastado por el caos, o sea por la multiplicidad de sus impresiones e impulsos, de las determinación cambiantes e imprevisibles que se mueven en todas las direcciones en el seno último del acontecer.

En conclusión, la música que expresa la victoria sobre el caos es la música que afirma la vida, la que sintoniza con la gran salud del cuerpo, la que afronta el reto de conquistar un orden en el tiempo en vez de sucumbir pasiva y nihilistamente a la seducción de un caos sonoro que privilegia los timbres y los colores en detrimento de la organización armónica y melódica. Nietzsche pensó así la música dionisíaca. En el escenario esta música debe sonar ella sola, sin trasmundos, generando vitalidad. El buen estilo en música sería, por tanto, la música absoluta, imagen de una necesidad de superación que se despierta ante el sentimiento, no sólo de lo bello como plenitud de la forma conquistada, sino también de lo sublime que rompe continuamente cualquier forma inducida por un impulso de una nueva y más profunda plenitud.

 

Diego Sánchez Meca


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